El silencio se sintió como un vacío profundo. La desilusión se transformó en preocupación tras los discursos de Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda al conocerse los resultados de la primera vuelta presidencial.
Me pregunté si debía aceptar que la Colombia que soñaba no es posible. ¿Son mis ideas una ilusión inviable? Confiar en el diálogo, en construir una sociedad unida y justa en sus diferencias, guiada por valores humanistas y democráticos. ¿Está Colombia atrapada en las lógicas del dolor, la rabia, el miedo, la ignorancia y el algoritmo?
Mis candidatos quedaron fuera de la contienda. Ahora tengo tres opciones: dos expresiones en los extremos del espectro político y el voto en blanco. No votar no es una opción porque el deber ciudadano no es negociable. Me molestan los extremos ideológicos, aunque celebro la reducción de la abstención.
Hoy me siento atrapada y siento rabia por ello. Votar es un asunto serio con profundas implicaciones para la sociedad. Exige conciencia y responsabilidad porque influye activamente en el futuro del país.
Votar por la versión de izquierda en Colombia, que no corresponde a la interpretación internacional del término y complica la comprensión del país, no es una opción para mí. Su origen es complejo, su comportamiento histórico y algunas actuaciones han sido cuestionables. Sus planteamientos me parecen radicales y obsoletos. Los malos resultados del gobierno de Gustavo Petro muestran las limitaciones de esa propuesta, reforzadas por una retórica de confrontación preocupante. Observo conductas que desbordan prácticas institucionales que deberían preservar la neutralidad electoral.
Votar en blanco es una opción simbólica de inconformidad. Sin embargo, frente a una oferta de candidatos con diferencias tan significativas, la imparcialidad puede producir efectos que no son neutrales. No quiero que otros decidan por mí. Así que sigo presa de la incomodidad.
Votar por una expresión de la derecha más radical tampoco es sencillo, considerando la historia colombiana y su inclinación hacia la confrontación y violencia, abriendo posibilidades a futuros complejos.
Algunos me dicen que votan por el vicepresidente José Manuel Restrepo. No desconozco su formación y experiencia, pero quien gobierna es el presidente. He visto solo un vicepresidente con papel relevante y legado visible: Germán Vargas Lleras. Los demás han quedado rezagados. Francia Márquez en este gobierno, Marta Lucía Ramírez en el de Iván Duque. ¿Recuerdan cuántos defendían su voto petrista porque José Antonio Ocampo sería ministro de Hacienda?
Es importante la palabra del caballero, el equipo y el programa. Visité la página web del candidato, que parecía un camino natural. El menú ofrece seis secciones: Inicio, Nosotros, Noticias, Tienda, Descargas y Mi Espacio. ¡Tienda, pero no programa! Luego fui a Instagram, donde tras las opciones ‘Selección Tigre’ y ‘Tienda’, aparece ‘Programa’. Allí empiezo a estudiar las propuestas bajo el eslogan ‘Colombia Patria Milagro’. Muestran algo del porqué, mucho del qué y poco del cómo. No quiero un milagro, no quiero votar desde la fe ni la euforia: quiero el plan de trabajo y el equipo.
Quisiera llegar a mi voto por convicción y no por agotamiento. Me gustaría comprobar que el “milagro del tigre” puede expresarse en una forma superior; que detrás del espectáculo de frases efectivas existe un compromiso de grandeza social, respeto por las personas, las libertades y la democracia. Que el poder no será licencia para imponer, sino responsabilidad para gobernar como un noble estadista.



