El jefe de campaña: Petro y su desafío constitucional
Petro como jefe de campaña: un desafío constitucional

La palabra "delirio" describe acertadamente el anuncio del presidente de la República de ponerse al frente de la campaña progresista. Ni los títulos ni los poderes que ostenta el mandatario —jefe de Estado, jefe de Gobierno, suprema autoridad administrativa, director de las relaciones internacionales y comandante supremo de las Fuerzas Armadas—, sin violar de manera flagrante la Constitución, le autorizan a Gustavo Petro a aspirar o ejercer como jefe de campaña de un candidato. Precisamente por tener esos títulos y poderes, no puede hacerlo.

Si lo hace o lo intenta, incurre en prevaricato. Por eso esta manifestación del presidente, que quizá sea solo retórica, no deja de ser descompuesta e infinitamente dañina. Por ahora, es mejor ubicarla en el terreno del delirio político y la hybris que enceguece a más de un caudillo, especialmente cuando está a las puertas de dejar el poder. Y eso, para algunos, es una pesadilla.

La difícil posición de Cepeda

La posición de Iván Cepeda no es fácil. Aunque contradecir al presidente podría ser rentable políticamente al acercar sectores de centro que rechazan cualquier muestra de autoritarismo, en su campaña interpretan que marcar distancia no solo es un imperdonable desafío a su jefe político, sino también una victoria para la oposición. Temen que ese acto de valentía se convierta en una oportunidad para fracturar a la izquierda.

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Aun así, y en honor a los principios y valores que Cepeda encarna y dice representar, cualquier intento de quebrantar la Constitución resulta inaceptable, incluso si proviene de su nuevo jefe de campaña.

Las motivaciones del presidente

Es posible que el presidente actúe movido por su genuina preocupación ante el riesgo que representa para el país —y para su propia seguridad jurídica— lo que él considera una alternativa fascista, asociada a la muerte y al paramilitarismo. A su juicio, ante los "errores" de la campaña y el inesperado resultado de las urnas, solo él, como emancipador, voz y alma del pueblo, podría salvar la candidatura de Cepeda y, de paso, a Colombia.

El momento adverso que experimenta Cepeda le ofrece a él, como sujeto autónomo, la oportunidad de demostrar —como aconsejaría Maquiavelo— que su destino político no es fortuito ni heredado, sino que lo ha forjado con su propia virtud y lucha.

Una paradoja política

Y quizá ahí se está omitiendo una razón impensada de la tortuosa decisión del presidente. Al notificar públicamente su propósito, Petro se está convirtiendo automáticamente en el jefe de campaña de Abelardo, no de Cepeda, porque a este lo empequeñece mientras que a su contrincante lo magnifica. Cada acto del presidente que desafía el orden constitucional perjudica a Cepeda y lo capitaliza el abogado.

Paradójicamente, parece surgir algo más rentable políticamente que la derrota de Cepeda. Un genio malévolo podría pensar que el botín más deseable es monopolizar la futura oposición. Ese es ni más ni menos el futuro de Petro. Con su caudal electoral y la fuerza política lograda en las parlamentarias, es mucho más rentable ser oposición, concentrarse en las elecciones locales y acusar al gobierno de Abelardo de las crisis que él mismo dejó cultivadas durante su mandato.

No cabe duda de que un gobierno de Cepeda le impediría tener el cómodo retrovisor para agitar a las masas, movilizarlas al amparo de una propuesta de asamblea constituyente motivada por el ascenso de un régimen "fascista", contra una institucionalidad que permitió el "robo" de las elecciones —como supuestamente sucedió en 1970, origen del M-19— y un establecimiento alérgico al cambio social. En ese sentido, la tribuna del oficialismo no parecería la más atractiva para mantener su vigencia política.

Sean estas o no las razones del presidente para declararse en abierto desacato contra la Constitución, el momento adverso que experimenta Cepeda le ofrece a él, como sujeto autónomo, la oportunidad de demostrar que su destino político no es fortuito ni heredado, sino forjado por su propia virtud y lucha.

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