Tras una de las jornadas electorales más trascendentales de su historia, Perú mantiene en suspenso la identidad de su próximo mandatario. La ajustada diferencia entre el izquierdista Roberto Sánchez y la derechista Keiko Fujimori prolongará la incertidumbre hasta el recuento del último sufragio y la revisión de cada acta electoral.
El proceso electoral y su desenlace
La Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), encargada de difundir el avance del cómputo, no tiene facultades para proclamar al ganador, una atribución exclusiva del Jurado Nacional de Elecciones (JNE). Se estima que el JNE emitirá su veredicto a mediados de julio, tras resolver miles de procesos de observaciones e impugnaciones, lo que podría extenderse por varias semanas.
El resto de la región observa con atención estos comicios, ya que el noveno presidente de Perú en una década será un actor clave en la reconfiguración política latinoamericana, especialmente tras el desgaste de la izquierda y en vísperas de elecciones decisivas en Colombia y Brasil.
Keiko Fujimori: la candidata de la mano dura
Keiko Fujimori, de 51 años, es quizás la figura más constante de la política peruana. Candidata de Acción Popular por cuarta vez, carga con el legado de su padre, Alberto Fujimori, cuyo gobierno (1990-2000) dividió profundamente al país. Mientras unos destacan su lucha contra Sendero Luminoso y la estabilización económica, otros señalan su carácter dictatorial y los graves casos de corrupción y violaciones de derechos humanos.
Fujimori apela a esa fuerza con un plan de mano dura contra la inseguridad, bajo el lema: "Vuelve Fujimori, vuelve el orden". "La inteligencia derrotó al terrorismo y ahora la volveremos a usar para derrotar la criminalidad", afirmó durante su campaña, que apuesta por la pacificación nacional.
Roberto Sánchez: el heredero del sombrero
En la vereda opuesta, Roberto Sánchez, de Juntos por el Perú, inició su campaña con ideas radicalmente distintas. Congresista de 57 años, es conocido como el "heredero del sombrero", en alusión al expresidente Pedro Castillo, encarcelado por intentar un autogolpe.
Sánchez se impuso en primera vuelta entre una treintena de candidatos con fuertes críticas al capitalismo y la propuesta de un referéndum para cambiar la Constitución. Sin embargo, en esta nueva etapa moderó su discurso hacia una opción más centrista, buscando garantizar la estabilidad macroeconómica, respetar la autonomía del Banco Central y los tratados de libre comercio. Su objetivo es claro: derrotar a la "señora del caos", como llama a Keiko Fujimori.
Gobernabilidad en jaque
Más allá de sus diferencias, cualquiera de los dos candidatos enfrentará una gobernabilidad extremadamente compleja debido a la fragmentación política y la alta polarización. Nadia Ramos, especialista en multilateralismo y observadora electoral, considera que Fujimori tendría ventaja para gobernar, al disponer de una mayoría parlamentaria.
"Siento que estos dos candidatos van a tener la legalidad de ser presidentes, pero no la legitimidad de gobernar a un país ingobernable como es Perú. Y esto no es de ahora, el problema es desde siempre", explica la experta. Desde este año, Perú contará con un Parlamento bicameral, con el que se espera impedir vacancias y elevar el nivel político, aunque el desafío es enorme ante la fragmentación del sistema de partidos.
Lecciones desde Bolivia y Chile
La problemática peruana se replica en otros países de la región. En Bolivia, Rodrigo Paz asumió la presidencia hace siete meses con un triunfo sorpresivo, pero hoy enfrenta una convulsión social que ha dejado una decena de muertos, bloqueos de rutas, desabastecimiento y protestas que exigen su renuncia. El expresidente Evo Morales azuza las movilizaciones y pide nuevas elecciones.
En Chile, el presidente José Antonio Kast enfrenta protestas masivas contra los recortes presupuestarios en salud, educación y seguridad, apenas tres meses después de asumir el cargo. La presión social lo llevó a remover a su ministra de Seguridad y a la portavoz oficial.
Marcela Ríos Tobar, directora de IDEA Internacional en América Latina y el Caribe, señala que "no necesariamente el apoyo electoral es estructural, social, orgánico y tampoco hay partidos sólidos que logren intermediar en la sociedad y el poder. Por eso, un gobierno se debilita rápidamente cuando las promesas de campaña no se cumplen".
Colombia: polarización y desafíos
Colombia, que espera su segunda vuelta presidencial, ilustra claramente esta tendencia. Tras el primer presidente de izquierda, Gustavo Petro, la fractura social y económica se ha exacerbado con el antagonismo entre el ultraderechista Abelardo de la Espriella y el oficialista Iván Cepeda.
Rodrigo Uprimny, jurista colombiano, advierte que "la pugna entre izquierda y derecha puede ser buena siempre que haya consensos sobre reglas básicas de respeto al Estado de derecho, pero eso se está poniendo en riesgo porque se ha generado la idea de que si gana usted, es mi enemigo".
Uprimny considera que el próximo mandatario enfrentará enormes desafíos de gobernabilidad si no es capaz de generar una presidencia incluyente, tejiendo acuerdos políticos y sociales con liderazgos de la Iglesia, empresarios y organizaciones.
Polarización extrema en la región
Según el informe "Democracias bajo presión" del PNUD, América Latina es la región más polarizada del mundo, con un índice de 3,4 sobre 4, por encima de la media mundial de 2,9. La región concentra a cuatro de los diez países más afectados por la violencia política.
"El desafío central para las democracias de América Latina y el Caribe es que dichas tensiones no deriven en rupturas ni en violencia, sino que puedan procesarse por medio de los canales institucionales", señala el documento.
Ana Lucía Velasco, politóloga, enfatiza que los radicalismos ponen en jaque la gobernabilidad: "Creo que los líderes de derecha, izquierda o ultraderecha no nos están dando un proyecto de nación donde haya espacio para todos. Nos están dando una salida que dice: ‘Te propongo un país donde ya no existe el del frente’. Eso es venganza y nos va a llevar a un bucle de ingobernabilidad".
Marcela Ríos concluye: "Creo que los latinoamericanos siguen pensando que vivir en democracia es lo ideal, pero tienen una profunda desconfianza con respecto a cómo funciona en sus países. Eso empieza a deteriorar la fe en la democracia porque piensan que si no hay una diferencia, no tiene mucho sentido".
En contextos de guerra sucia, ganar la elección es la parte fácil. El verdadero desafío es tener la capacidad política e institucional para ejercer el poder.



