Las elecciones presidenciales no solo eligen gobernantes; también desenmascaran proyectos políticos. La del 31 de mayo cumplió ambos propósitos. Eligió a Abelardo de la Espriella como el candidato más votado del país y reveló, sin ambigüedades, lo que la izquierda hará cuando pierda el poder. Iván Cepeda lo demostró con su actitud antes que con palabras: rechazó los resultados y confirmó lo que viene. No reconocerá la derrota. Cuestionará las instituciones, agitará a sus bases con el fantasma del fraude y hará exactamente lo que el petrismo ha preparado desde hace meses.
Lo vimos en Venezuela, Nicaragua y Bolivia. Ahora el riesgo es que Colombia transite por el mismo camino de polarización y desconocimiento de las reglas democráticas. Con las mesas informadas y una diferencia amplia entre los dos candidatos, la discusión ya no es quién ganó, sino quién respetará el veredicto de las urnas.
La izquierda que conocemos
Esta es la izquierda colombiana que conocemos: acepta los resultados cuando gana y los cuestiona cuando pierde. Durante toda la campaña construyó meticulosamente una narrativa de fraude, lista para usar si las urnas no la acompañaban. Convierte la derrota electoral en un acto de sedición institucional.
Lo más grave no es Cepeda, sino el presidente de la República comportándose como jefe de campaña de un candidato, negándose a reconocer resultados preliminares y sembrando desconfianza sobre las instituciones electorales del país que gobierna.
De la victoria de 2022 al fracaso de la paz total
En 2022, Gustavo Petro llegó al poder con 11,2 millones de votos en segunda vuelta. Una cifra histórica que se interpretó como el hartazgo del país frente a décadas de política tradicional. La participación fue del 58 %, la más alta desde 1974. Los colombianos creyeron en el cambio. La izquierda celebró aquella votación como un mandato popular irrefutable. Nadie cuestionó entonces la legitimidad del sistema electoral.
Pero lo que se vivió durante cuatro años es que la llamada paz total se convirtió en un fracaso total. Los hechos son contundentes. Mientras Petro insiste en presentar a Colombia como uno de los países más pacíficos de las últimas décadas, la realidad muestra otra cosa. Según Medicina Legal, 2025 cerró con 14.780 homicidios, el año más violento de la última década, con un promedio de 40 asesinatos diarios. En el primer trimestre de 2026 se contabilizaron 3.391 homicidios, la cifra más alta para ese período desde 2015. A esto se suma la expansión del microtráfico, que financia estructuras criminales y siembra violencia en ciudades y municipios. El balance es devastador: más homicidios, más control territorial de grupos ilegales, más drogas en los barrios y menos seguridad. Esa es la verdadera herencia de la paz total.
El pueblo habló de nuevo
Cuatro años después, ese mismo pueblo volvió a salir. Pero esta vez dijo otra cosa. De la Espriella superó en primera vuelta los 10,3 millones de votos, una cifra que en cualquier democracia seria se lee como una señal de agotamiento profundo frente al gobierno. Los colombianos no votaron por nostalgia ni por inercia. Salieron porque están cansados de la inseguridad, la improvisación y un gobierno que prometió cambio y entregó caos. Esa es la verdad que Cepeda y Petro se niegan a leer en las cifras.
Los grandes ganadores son claros. De la Espriella, un abogado outsider que escuchó las necesidades de los colombianos, se convirtió en el candidato más votado en primera vuelta en la historia reciente. Paloma Valencia quedó tercera con el 6,9 % y Sergio Fajardo, cuarto con el 4,26 %. Esos más de tres millones de votos serán el campo de batalla de la segunda vuelta del 21 de junio.
Un país que quiere un nuevo rumbo
Lo que Colombia mostró el 31 de mayo fue un país que quiere un nuevo rumbo. Un país cansado de la improvisación, del discurso incendiario y del personalismo que ha sustituido a la institucionalidad. Un país que no está dispuesto a seguir siendo rehén de una narrativa que culpa a todos —empresarios, medios, Registraduría, algoritmos— menos al propio gobierno.
Hay una paradoja que define a Gustavo Petro mejor que cualquier análisis. Las mismas reglas electorales que lo llevaron a la Casa de Nariño en 2022 son hoy, según él, un sistema corrupto e ilegítimo. El mismo conteo que celebró cuando ganó es ahora el fraude que denuncia cuando pierde. No se puede esperar menos de quien siempre ha confundido la democracia con un instrumento de uso personal.
Un llamado a las instituciones
Este llamado no puede esperar. Al procurador, al registrador, al CNE y a la Comisión de Acusación les decimos con claridad que Colombia los está mirando. Su responsabilidad histórica es impedir que un gobierno en retirada destruya los cimientos de la República. Este pueblo, el mismo que salió a votar masivamente el 31 de mayo, no va a permitir que se altere su voluntad ni que se perpetúe en el poder quien ya no tiene mandato para estar en él.
La democracia ganó el 31 de mayo. Ahora, la pregunta antes de la segunda vuelta es si quienes perdieron están dispuestos a respetarla. La historia de Venezuela, Nicaragua y Bolivia enseña adónde conduce una izquierda que decide incendiar el país antes que reconocer los resultados. Ojalá Colombia no tenga que aprender esa lección de nuevo.



