La polémica regulación del rebusque estudiantil en la Universidad del Magdalena
Durante años, los pasillos de la Universidad del Magdalena han sido testigos de un fenómeno que trascendía lo académico: el rebusque estudiantil. Más de 500 jóvenes encontraron en las ventas ambulantes dentro del campus una forma esencial de financiar sus estudios, creando un mercado informal que circulaba entre aulas y zonas verdes sin regulación alguna.
La decisión rectoral que dividió opiniones
El rector Pablo Vera Salazar tomó una decisión que generó inmediata controversia: regular las ventas informales mediante la creación de una Zona de Emprendimiento. La medida respondía, según explicó la administración universitaria, a preocupaciones de seguridad tras detectarse que actores externos se estaban infiltrando en el campus, utilizando a estudiantes para comercializar productos sin control e incluso, en algunos casos, intentar distribuir sustancias psicoactivas.
"Esto había necesariamente que controlarlo y no con una política de prohibición, sino de formalización y regulación", afirmó el rector Vera Salazar, quien sorprendió a muchos al revelar su propia experiencia como vendedor ambulante en playas y calles de Santa Marta durante su juventud.
La Zona de Emprendimiento: inversión y oportunidades
La universidad construyó un espacio de 730 metros cuadrados con 64 módulos equipados, mediante una inversión cercana a los 998 millones de pesos con apoyo del Gobierno Nacional. El área cuenta con energía eléctrica, ventilación y conectividad wifi, buscando concentrar los emprendimientos estudiantiles en un lugar específico.
Actualmente, alrededor de 70 unidades productivas estudiantiles operan en esta zona, recibiendo acompañamiento del Centro de Innovación y Emprendimiento que ofrece mentorías y asesorías. Los datos institucionales revelan resultados prometedores:
- Generación de aproximadamente 99 empleos mensuales
- Crecimiento del 20% en la base de clientes
- Ventas superiores a 1.700.000 pesos por unidad productiva
"Antes vendía caminando todo el día. Aquí tengo un punto fijo y más confianza de los clientes. Mi negocio se ha potenciado", afirma María Camila Gutiérrez, una de las emprendedoras estudiantiles que logró formalizar su proyecto económico.
La otra cara de la formalización
Sin embargo, la medida no ha sido recibida con entusiasmo universal. Voceros de vendedores ambulantes reconocen la necesidad de organización, pero advierten sobre las limitaciones del nuevo sistema. "El problema es que somos muchos más. Si solo algunos pueden entrar, ¿qué pasa con los demás?", cuestiona Andrés Rojas, estudiante que vende sándwiches artesanales.
La preocupación principal gira en torno a la capacidad limitada de la Zona de Emprendimiento para acoger a todos los estudiantes que dependen económicamente de estas ventas. Muchos jóvenes enfrentan la incertidumbre de cómo continuarán financiando sus estudios si no logran acceder a uno de los módulos disponibles.
Seguridad institucional versus necesidades económicas
La universidad sostiene que la regulación responde a una necesidad mayor de proteger el campus académico. Estudiantes y docentes habían manifestado inquietudes por el ingreso de personas ajenas a la comunidad universitaria que aprovechaban el desorden comercial para operar dentro del recinto.
Por ello, la institución anunció el fortalecimiento de controles de acceso e identificación. "Quien ingresa debe ser estudiante, profesor o visitante autorizado. No es burocracia, es protección colectiva", explicó el rector, enfatizando que la medida busca blindar el entorno académico frente a riesgos externos.
Un reflejo de la educación superior colombiana
El caso de la Universidad del Magdalena representa una realidad extendida en la educación superior colombiana: estudiantes que deben combinar sus estudios con actividades económicas para sobrevivir. La formalización intenta equilibrar dos tensiones inevitables: el derecho al rebusque y la obligación institucional de garantizar seguridad y orden académico.
Mientras algunos jóvenes ven en la Zona de Emprendimiento una oportunidad de crecimiento empresarial con apoyo institucional, otros permanecen en la incertidumbre, buscando cómo insertarse en el nuevo modelo. La disputa continúa abierta, reflejando que detrás de cada puesto de ventas improvisado hay matrículas por pagar, pasajes diarios y sueños profesionales que dependen de la capacidad de generar ingresos.
La universidad apuesta ahora por transformar el rebusque en empresa formalizada, pero el verdadero reto será asegurar que este proceso de transición no deje a nadie fuera, especialmente a aquellos estudiantes para quienes estas ventas representan la única posibilidad de continuar su formación académica.