La herencia milenaria y la realidad colombiana
En el año 1088, en la ciudad de Bolonia, un grupo de estudiantes organizados fundó lo que sería la primera universidad occidental contratando juristas para enseñarles derecho romano. Este acto fundacional, independiente de reyes e iglesias, estableció un principio que resonaría por siglos: el conocimiento merece una casa propia. Siglos después, mientras Oxford, Cambridge y Salamanca continuaban esta tradición, Colombia enfrenta una realidad educativa que dista mucho de aquellos ideales fundacionales.
El exrector de la Universidad Nacional y exsenador Ricardo Mosquera Mesa advierte que el debate público sobre educación en Colombia se ha centrado en aspectos administrativos superficiales mientras ignora problemas estructurales profundos. "Llevamos décadas discutiendo quién ocupa la rectoría, cómo distribuir el presupuesto o quién tiene derecho a la gratuidad, debates legítimos pero que ignoran que el techo y el piso se hunden", afirma con preocupación.
El piso que se desmorona: la educación media
Un informe publicado a comienzos de este año por las universidades Icesi, Javeriana y Los Andes reveló cifras alarmantes que deberían haber conmocionado al país. De cada cien niños que iniciaron primaria en 2013, solo cincuenta y cinco llegaron a grado once en 2023. De esos cincuenta y cinco sobrevivientes del sistema, apenas trece jóvenes (23%) alcanzaron competencias satisfactorias en matemáticas, lectura crítica, ciencias naturales y ciencias sociales.
Estas no son cifras abstractas sino vidas truncadas. El Ministerio de Educación reportó que en 2023 abandonaron el colegio 335.000 estudiantes, una de las cifras más altas de la última década. La pobreza no es la única explicación: existen determinantes sociales complejos, ausencia de sentido educativo y un currículo que no dialoga con las realidades juveniles.
Las brechas territoriales agravan esta situación de manera escandalosa. En municipios como Envigado o Sabaneta, cerca de cuarenta de cada cien estudiantes terminan grado once con competencias satisfactorias. En contraste, en departamentos como Chocó o Vichada, esa cifra cae a uno de cada cien. "El lugar de nacimiento se ha convertido en el principal determinante del futuro educativo en nuestro país", señala Mosquera Mesa.
La trampa del populismo educativo
El académico identifica un problema fundamental en el abordaje colombiano de la educación superior: la confusión entre derecho fundamental y eslogan político. "La gratuidad universitaria tiene un propósito loable, pero cuando se convierte en bandera política sin resolver la base del problema, deja de ser política pública para transformarse en populismo", afirma con contundencia.
Esta gratuidad beneficia principalmente a jóvenes que ya están en la universidad y pueden votar, no a aquellos que el sistema perdió antes de llegar a grado once. La razón estructural de este desvío es tan sencilla como vergonzosa: los estudiantes de catorce a diecisiete años no votan, y los políticos lo saben. Por eso la educación media, donde se decide el destino de la mayoría, es el nivel más ignorado del sistema educativo colombiano.
Reformar la educación media no da réditos electorales inmediatos. Sus frutos llegan en diez años, no antes de las próximas primarias. "Eso exige visión de Estado, y esa es la virtud ausente en nuestra clase política", sentencia el exrector.
La instrumentalización política de las universidades
Lo que se intentó construir con la Constitución de 1991 y la Ley 30 de 1992 era preciso y ambicioso: un sistema universitario capaz de generar pensamiento nacional, articulado, con las universidades públicas funcionando como sistema coherente. Sin embargo, este proyecto se erosiona día a día.
"La instrumentalización política de la educación no es nueva en Colombia, pero ha encontrado en este gobierno una forma más sofisticada y perjudicial", advierte Mosquera Mesa. En lugar de liderar un proyecto académico, el Ministerio de Educación ha capturado instituciones, estimulando movilizaciones en momentos políticamente convenientes.
El movimiento estudiantil colombiano tiene una historia digna construida en décadas de lucha por presupuestos, calidad y autonomía universitaria. "Reducir ese movimiento a una palanca de movilización electoral es traicionar los objetivos legítimos de la lucha", afirma el académico.
La estrategia tiene un correlato institucional grave: la intervención directa y sistemática en la dirección de universidades públicas. En la Universidad Nacional, en 2024, el gobierno desconoció la designación legítima del rector José Ismael Peña. En la Universidad de Antioquia, a finales de 2025, el ministro removió al rector John Jairo Arboleda sin consultar al Consejo Superior. En la Universidad del Atlántico se ensayó el mismo movimiento.
"No es coincidencia, parece ser un patrón deliberado", analiza Mosquera Mesa. "Lo que quisimos transformar con la Constitución del 91 y la Ley 30, ahora se repite con el lenguaje del 'cambio'".
El conocimiento como estrategia nacional
Desde su experiencia diplomática en Alemania y sus investigaciones sobre globalización, Mosquera Mesa reitera una verdad fundamental: no hay milagros para el desarrollo de las naciones, solo inversión sostenida en ciencia, tecnología y conocimiento.
China entendió esto cuando construyó su sistema educativo no como gasto sino como inversión estratégica. La tasa de escolarización china en secundaria superior supera el 87%, once puntos por encima del promedio de países de altos ingresos. Desde 1999, el gobierno cuadruplicó el número de graduados universitarios construyendo primero la base educativa.
"Mientras esto ocurre en el gigante asiático, acá debatimos quién ocupa cuál rectoría", contrasta el exrector. "En el momento histórico en que el conocimiento se ha convertido en la principal fuente de poder geopolítico, nosotros convertimos nuestras universidades en botín político".
La voz de Rafael Reif, venezolano formado en universidad pública y presidente del MIT entre 2012 y 2022, resuena con especial relevancia. Reif no habla de educación como política social sino como arquitectura de futuro, destacando que la revolución digital no reemplaza los fundamentos educativos sino que los exige con más fuerza que nunca.
"Las matemáticas, la filosofía, las humanidades no son reliquias de un currículo anticuado; son la base sin la cual ningún algoritmo tiene sentido ni ninguna tecnología tiene dirección ética", explica Mosquera Mesa, parafraseando al académico venezolano.
El debate pendiente
En 1993, Gabriel García Márquez participó en la Misión de Sabios proponiendo una educación "desde la cuna hasta la tumba, inconforme y reflexiva". Treinta años después, seguimos citando esa frase mientras los jóvenes dan señales claras de que el sistema no les habla.
Julián De Zubiría ha planteado la necesidad de currículos más flexibles y un sistema universitario real donde las treinta y cuatro universidades públicas del país funcionen articuladas. Moisés Wasserman recuerda que la longevidad de la institución universitaria no garantiza su actualidad.
"Para alcanzar esa meta, hay que resolver el problema de base: una educación media que no expulsa, que prepara, que les habla a los jóvenes de este siglo", concluye Mosquera Mesa. "No necesitamos más promesas pensadas para ganar elecciones. Se necesita una política educativa pensada para formar ciudadanos y construir futuro".
El político colombiano que entienda esto tiene en sus manos la agenda más revolucionaria que este país haya visto en décadas. Para alcanzarlo, debe comprenderse que la agenda académica no es la agenda electoral. "Pensemos la educación no para las próximas elecciones, sino para las próximas generaciones", finaliza el exrector con un llamado a la reflexión nacional.



