La semana pasada, los medios de comunicación y las redes sociales se saturaron con imágenes que los bogotanos hemos vivido y sufrido durante años: verdaderos ríos de motociclistas invadiendo andenes y parques, arrinconando y atemorizando a los peatones.
Operativos necesarios pero insuficientes
Es acertada la iniciativa del alcalde Carlos Fernando Galán y la Secretaría de Movilidad al encabezar operativos para controlar a los motociclistas. Estas acciones no solo sancionan la invasión de andenes, sino que también permiten identificar vehículos sin SOAT, motos robadas que circulan con placas falsas y motores o chasis regrabados, muchas de ellas utilizadas para cometer desde robos simples hasta fleteos. Así, el control contribuye a mejorar la seguridad en la ciudad.
No obstante, sabemos que estos operativos no representan una solución definitiva. Una vez que se retiran los controles, las motos vuelven a apropiarse de andenes, parques y cualquier otro espacio disponible. Se trata de un juego del gato y el ratón.
Liderazgos negativos y propuestas peligrosas
Además, preocupan los liderazgos negativos que están surgiendo entre los grupos de motociclistas. Aunque saben perfectamente que infringen la ley y carecen de argumentos para justificar la invasión de andenes, el exceso de velocidad y las maniobras imprudentes, también son conscientes de que constituyen un grupo numeroso, capaz de bloquear la ciudad cuando salen a protestar o en las llamadas “rodadas” nocturnas y piques ilegales, que el Distrito aún no ha logrado controlar.
En plena época electoral, esta situación resulta atractiva para algunos políticos. La senadora y candidata presidencial Paloma Valencia radicó un proyecto para exonerar del SOAT a las motos de menos de 250 CC, que representan alrededor del 90% de las que circulan en el país. Esta medida, evidentemente orientada a capitalizar el voto de cerca de trece millones de motociclistas, le costaría al resto de colombianos aproximadamente 4 billones de pesos, según afirma el arquitecto de la Universidad Nacional Enrique Botero en un artículo de La Silla Vacía. Además, fomentaría el tipo de transporte que más muertos y heridos deja en todo el país.
La solución estructural: transporte público de calidad
La verdadera solución estructural para el caos vehicular que se vive no solo en Bogotá, sino en todas las calles y carreteras del país, es la más evidente y sobrediagnosticada: el transporte público. Un transporte de calidad, humano, seguro, eficiente, económico y digno.
Existen ciudades que apostaron por el automóvil como medio de movilidad y desarrollo económico (principalmente en Estados Unidos), mientras que otras, sobre todo en Europa, se inclinaron por la eficiencia del transporte público mediante la articulación de trenes, metros, buses, taxis y bicicletas. Cada modelo tiene sus ventajas y desventajas, pero en Colombia, debido a la indecisión, nos hemos quedado con lo peor de ambos mundos.
Cada día se matriculan carros y motos a un ritmo frenético, sin que se construyan suficientes vías ni parqueaderos, y al mismo tiempo no nos decidimos a implementar un sistema de transporte público que integre trenes de cercanías, metros urbanos, buses articulados y convencionales, y bicicletas públicas. El resultado es una movilidad pésima en el transporte particular y una experiencia indigna en el transporte público.
Estoy convencida de que el transporte público es la mejor opción para Bogotá. No solo genera beneficios en la movilidad, sino también en la equidad, el medio ambiente y el disfrute de espacios públicos dignos. La manera de reducir la cantidad de vehículos en las cada vez más estrechas vías de la capital es ofrecer un transporte público que resulte atractivo para que los ciudadanos se bajen de sus motos y carros y opten por el metro, Transmilenio, Transmicable, los buses del SITP e incluso el sistema público de bicicletas.
Por eso me preocupa tanto cada vez que los políticos de turno se esfuerzan por bloquear los proyectos de movilidad que necesitamos. Ya vimos que el presidente Petro intentó bloquear el metro de Bogotá, aunque afortunadamente no lo logró. Pero es preocupante que no haya avances en la segunda línea del metro, ni en los proyectos de RegioTram del norte y del occidente, ni en tantas otras obras que necesitamos para dejar de vivir en este caos normalizado en que se ha convertido la capital.



