Jairo Garnica abrió el álbum de su padre, Alfonso Garnica Mantilla, y encontró algo más que recuerdos familiares: halló una memoria visual de los campamentos, las torres, los trabajadores y los pueblos que crecieron alrededor del petróleo en Puerto Wilches, Cantagallo y Barrancabermeja.
Antes de conocer Barrancabermeja, yo ya tenía una imagen de esa ciudad por una novela: La novia oscura, de Laura Restrepo. La había imaginado caliente, intensa, marcada por el petróleo y por la vida de quienes trabajaban alrededor de esa industria. Una ciudad de obreros, de mujeres fuertes, de promesas de progreso, pero también de violencia, desigualdad y memoria. En Colombia el petróleo también ha sido una forma de contar el país: sus heridas, sus migraciones, sus pueblos transformados y esa idea de futuro que muchas veces llegó mezclada con conflicto. Cuando finalmente conocí el Puerto Petrolero, entendí que la ficción de Laura Restrepo tenía raíces muy reales.
En La novia oscura, Tora no es solo un lugar inventado. Es también un espejo del Magdalena Medio: un territorio lleno de contradicciones, trabajo, deseo, explotación y reivindicaciones. Barrancabermeja venía de ser, antes del petróleo, un lugar de paso sobre el río Magdalena. Señal Memoria recuerda que el antiguo corregimiento de San Vicente de Chucurí se convirtió en municipio el 26 de abril de 1922, justo en los años en que la explotación petrolera empezó a cambiarlo todo: el paisaje, la economía, la vida obrera y la manera como la ciudad empezó a aparecer en la historia nacional.
Por eso, cuando Jairo Garnica empieza a mostrar sus fotografías, la ciudad imaginada se cruza con otra Barrancabermeja, otro Puerto Wilches, otro Cantagallo: el de los álbumes familiares, los sobres de pago, los certificados labores y los hombres que posaron para una foto junto a una torre petrolera que sería un monumento al futuro y a todo lo que el petróleo significaría para esta región.
Un archivo de época
Al abrir su archivo de recuerdos, Jairo abre una época. La época que aparece en sus fotos era también la de un país que empezaba a entender el petróleo como una promesa de riqueza y como un campo de disputa. La Tropical Oil Company había iniciado en 1921 la producción del campo La Cira-Infantas, en el Valle Medio del río Magdalena, y esa actividad marcaría el camino hacia la reversión de la Concesión de Mares al Estado colombiano en 1951, origen de Ecopetrol.
Sobre la mesa van apareciendo papeles que ha guardado con cuidado, ayudándose de la naftalina, por más de ochenta años. Certificados originales, seguros de vida, funciones de trabajo, fotografías de campamentos, camiones, torres, tanques gigantescos y trabajadores con la ropa de su oficio. "Esto son joyas", dice Jairo. Y sí, lo son.
Entre los recuerdos que me muestra está el nombre de su padre, Alfonso Garnica Mantilla, vinculado el 24 de julio de 1954 como operador de planta. Jairo no lo cuenta como alguien que lee una ficha laboral. Lo cuenta como alguien que está mostrando una prueba de vida. "Mi papá era el responsable de la planta generadora de energía del campamento", explica. "Si él no estaba pendiente, el campamento quedaba oscuro. Eso era una responsabilidad grande". Alfonso Garnica tenía bajo su cuidado la luz de la pequeña ciudad petrolera que Barrancabermeja era entonces.
Jairo pasa entonces a varios documentos donde aparecen las condiciones de su trabajo: recibía su pago cada ocho días, tenía servicio de salud y seguro de vida. En caso de accidente, la beneficiaria era la abuela de Jairo, doña Felipa Mantilla Garnica. Cada seis meses renovaban el seguro, porque cada que se cumplía este tiempo cualquier cosa podía pasar con el contrato del trabajador.
En esa época, el trabajo petrolero significaba salario, movilidad y prestigio, pero también riesgo. Barrancabermeja ya había vivido desde 1924 los primeros estallidos obreros contra la Tropical Oil Company, y en 1948, poco antes del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, hubo otra huelga petrolera por mejores salarios, salud y reducción de la jornada laboral. El progreso no llegaba solo: llegaba acompañado de conflictos por la dignidad del trabajo.
Jairo también guarda constancias y avisos internos de la compañía que Jairo guarda con paciencia doméstica. "Me ha tocado mantenerlos más de 80 años", dice. "Esto se daña, claro. Por eso yo los cuido tanto. Son documentos que hablan de una historia que no está en cualquier parte". Todos estos documentos hacen parte de su libro Historia del Petróleo: Puerto Wilches-Cantagallo (Socony Vacuum Oil Company of Colombia; Archivo inédito de Alfonso Garnica Mantilla), que presentó el pasado 12 de mayo en El Libro Total de Bucaramanga, que por ahora puede adquirirse en su versión digital y que cuenta con más de cien fotografías. Hay nostalgia familiar en este libro, claro, pero lo más importante es que hay patrimonio.
La historia grande del petróleo
La historia grande del petróleo usualmente comienza desde Barrancabermeja, desde la Concesión de Mares y la Tropical Oil Company, pero Jairo abre otra puerta: la de los trabajadores que habrían la trocha, cargaban tubos, armaban torres, conducían camiones, cuidaban motores, y mandaban fotos a la casa para mostrar que estaban haciendo parte de algo nuevo.
La Agencia Nacional de Hidrocarburos ubica en esa misma línea los hitos que rodeaban la vida de esos trabajadores: la Concesión de Mares fue traspasada a la Tropical Oil Company en 1919, las primeras huelgas petroleras estallaron en Barrancabermeja en 1924 y 1927, y en 1951 se produjo la reversión de la concesión al Estado colombiano. Es decir: mientras las fotos de Jairo muestran campamentos, torres y caminos abiertos a machete, el país vivía una transformación jurídica, económica y política alrededor del subsuelo.
"Eso era como cuando ahora un muchacho se va para el Ejército y le manda una foto a la mamá o al papá, vestido con el camuflado, con el rifle, todo orgulloso. En esa época era igual. Eso de las torres de perforación era nuevo. Era una forma de sacar pecho, de decir: ‘Mire dónde estoy trabajando’".
Los domingos, cuenta, llegaban comerciantes. Unos vendían mercancías; otros, ropa; otros, calzado; otros, joyas. Y también llegaban fotógrafos. Entonces los trabajadores se acercaban y pedían una imagen junto a esas estructuras que parecían salidas de otro mundo. Su papá tenía esa afición de guardar recuerdos, de sostener la memoria.
Las fotografías muestran un territorio todavía en construcción. Cantagallo, que en 1945 era corregimiento y hoy es municipio, aparece como un caserío pequeño. Puerto Wilches aparece como el centro administrativo: allí se hacían los contratos, se manejaban papeles, se organizaba la relación con los trabajadores. Cantagallo, en cambio, era la operación pura: perforar, extraer, cargar, levantar, sudar.
Hoy esa zona sigue hablando en clave petrolera. En 2025, Santander se mantuvo como el cuarto productor nacional de crudo, con una producción promedio mensual de 41.950 barriles diarios entre enero y noviembre, según cifras de la ANH citadas por Vanguardia. En ese mapa, Ecopetrol concentró el 95,2 % de la producción mensual promedio del departamento. Todo lo relacionado con la administración estaba en Puerto Wilches. En Cantagallo estaban los campamentos. Aguas Claras era el campamento de los estadounidenses: técnicos, administrativos, secretarios, personal especializado. La Grava era el campamento de los trabajadores.
Jairo señala una fotografía aérea y empieza a ubicar cada parte. En una de ellas, aparecen los lungos, encargados de abrir la carretera para llegar al sitio donde comenzaría la perforación. Ya luego entraban la Caterpillar y luego los camiones. En el presente, el nombre de Cantagallo todavía aparece asociado al petróleo. En abril de 2025, Santander tuvo un aumento mensual en producción y Vanguardia explicó ese crecimiento, citando a Campetrol, por el incremento de 1.600 barriles diarios en el Campo Yariguí-Cantagallo, ubicado en Puerto Wilches.
"Los trabajadores no podían estar yendo y viniendo todos los días. Entonces construían campamentos cerca del sitio de trabajo y allá les llevaban el desayuno, la comida, los materiales, todo", cuenta Jairo. Después venían los tubos de perforación, de diez metros de largo. Jairo los describe como si todavía estuvieran sobre la fotografía, pesados, metálicos, imposibles. "Cuando ya tenían el sitio listo, aplanaban el terreno donde iba la torre, donde iban los tanques, donde iba el campamento, donde iba el almacén. Y entonces sí empezaban a armar la torre".
En una de las imágenes, la torre aparece a medio levantar. Hay carpas para proteger a los trabajadores del sol. Hay sombras, tubos, estructuras metálicas. Nada parece sencillo. Y no era: se trabajaba bajo 35 grados.
Riesgo y tragedia en el campamento
En esas imágenes hay calor. Hay riesgo. Y también hay muerte. Una de las fotografías registra un accidente. Un camión transportaba trabajadores, tubería y materiales hacia un pozo cuando una ceiba cayó al lado de la carretera y partió la cabina en dos. Jairo se detiene en esa imagen con una seriedad distinta. "Ese fue un accidente en Cantagallo, con la empresa", cuenta. "Un camión llevaba cinco trabajadores y al chofer, transportando tubería y materiales para un pozo. De repente, al lado de la carretera, se cayó una ceiba, un árbol gigantesco, y partió la cabina en dos. El chofer murió. Para poder sacar a los trabajadores tuvieron que llamar a los lungos. Ellos partieron la ceiba, abrieron espacio y despejaron todo". Después vino el funeral. "La empresa suspendió la actividad para que los compañeros pudieran asistir. Los transportaron por el río Magdalena, en ferry. Todo lo pagó la empresa y el seguro de vida. Fue tanta gente, entre trabajadores y habitantes de Puerto Wilches, que hasta fue necesario llamar a la Policía".
Pero no todo era trabajo duro o tragedia. Jairo también conserva fotografías de los domingos, de las carreras de encostalados, de los campeonatos de fútbol, de las actividades de integración. "Los domingos organizaban campeonatos de fútbol, carreras de encostalados, competencias por parejas. Inventaban cualquier actividad para integrar al personal. Aquí está mi papá en una de esas fotos. No ganó, pero ahí estaba participando", dice Jairo.
Las imágenes también se abren hacia Barrancabermeja, Puerto Wilches y el río Magdalena. Aparecen la calle Real en tierra, motocicletas enormes de los estadounidenses, bicicletas de los colombianos, barcos de vapor, planchones de mercancía, canoas, procesiones, estaciones de ferrocarril. En esos años, el río Magdalena era mucho más que paisaje. Era vía de entrada, de salida, de comercio, de noticias y de cuerpos. Por ahí se movían mercancías, trabajadores, ganado, combustible, alimentos y también los muertos. Antes de que las carreteras impusieran otra velocidad, el río era la gran arteria de la región petrolera.
Jairo se mueve como caminando por ese mapa de la historia de su familia: "esta es la calle Real de Barrancabermeja. Mire cómo era al principio: en tierra. Y esta motocicleta era de los americanos, porque ellos las traían de Estados Unidos para movilizarse. Los colombianos andaban en cicla". Luego pasa al río. "Estos eran barcos de vapor, de dos pisos, de tres pisos. Funcionaban con leña y carbón. Eran de paleta, no de motor como ahora. Transportaban mercancía, ganado, gente. Y las personas nativas del sector se movilizaban en canoa. Todo eso era parte de la vida del río Magdalena".
El lenguaje del petróleo
La historia del petróleo en Barrancabermeja y el Magdalena Medio ha sido contada muchas veces desde otros lenguajes: la literatura, el documental, el archivo estatal, el relato sindical, la denuncia ambiental. Señal Colombia, por ejemplo, produjo El precio del petróleo, una serie documental que aborda la industria petrolera colombiana desde enfoques históricos, sociales, económicos, culturales, políticos y ambientales, con expertos, trabajadores y voces del sector. Ese tipo de relatos muestra que el petróleo no es solo un recurso: también es una forma de contar el país.
Jairo nos muestra otro lenguaje: la fotografía familiar. "Estas fotos son importantes porque muestran cómo empezó todo", dice. "Muestran a los trabajadores, los campamentos, las torres, los tanques, las carreteras, el río, los pueblos. Esto no es solamente la historia de mi papá. Es la historia de Puerto Wilches, de Cantagallo, de Barrancabermeja, de toda una región que vivió alrededor del petróleo".
Ese pasado dialoga con una industria que todavía pesa en la economía regional y nacional. La Refinería de Barrancabermeja comenzó operaciones en 1922 con un alambique sencillo, leña como fuente de calor y una producción de 1.500 barriles diarios; un siglo después, Ecopetrol reportaba una capacidad para procesar hasta 250.000 barriles diarios y abastecer cerca del 80 % de la demanda interna de combustibles del país. En 2025, la Refinería de Barrancabermeja alcanzó en el cuarto trimestre una carga récord de 242.200 barriles diarios. En el acumulado anual, la carga promedio fue de 224.500 barriles diarios, el segundo mayor nivel anual histórico de esa planta, y la producción de refinados llegó a 227.200 barriles diarios en el año.
Pero el presente también conserva tensiones. En abril de 2026, Ecopetrol alertó sobre afectaciones en la operación del campo Yariguí-Cantagallo por bloqueos y protestas de habitantes de Puerto Wilches y Cantagallo, con impactos sobre áreas operativas, contratistas y riesgos para la continuidad del suministro energético. La industria que antes aparece en las fotos como promesa y campamento sigue siendo hoy empleo, conflicto, dependencia económica y disputa territorial.
Jairo Garnica ha pasado años cuidando ese material. Ahora quiere que circule. Que Puerto Wilches y Cantagallo se reconozcan ahí. Que las nuevas generaciones vean cómo empezó una parte de su historia. Que los trabajadores no queden reducidos a una nota al pie de la industria.



