La administración del presidente Donald Trump ha presentado una ambiciosa estrategia para revitalizar la energía nuclear en Estados Unidos, en respuesta a la creciente presión sobre el sistema eléctrico. El impulso combina factores estructurales, como el auge de la inteligencia artificial (IA), con coyunturas geopolíticas, entre ellas el impacto energético de la guerra en Irán.
Actualmente, la energía nuclear representa cerca del 20% del suministro eléctrico en Estados Unidos, país que concentra alrededor del 30% de la producción global de esta fuente. Sin embargo, las proyecciones del sector apuntan a una expansión significativa en las próximas décadas, impulsada tanto por políticas públicas como por la demanda del sector tecnológico.
Según explicó en entrevista con EFE James Walker, es viable que la participación de la energía nuclear alcance el 30% en la década de 2030 si se concretan los proyectos en curso. Más allá de ese horizonte, anticipa una proliferación de pequeños reactores modulares en zonas donde históricamente no ha existido infraestructura nuclear.
Política industrial y seguridad energética
El plan de expansión tiene un fuerte componente de política energética y de seguridad nacional. En 2025, Trump firmó una orden ejecutiva para aumentar en cinco gigavatios la capacidad de los reactores existentes y avanzar en la construcción de diez nuevos grandes reactores antes de 2030, en lo que el Departamento de Energía de Estados Unidos ha denominado el “camino al renacimiento nuclear”.
A esto se suma una inversión de 2.700 millones de dólares destinada a reactivar el enriquecimiento de uranio en el país durante la próxima década, un paso clave para reducir la dependencia de insumos estratégicos del exterior. De acuerdo con la Asociación Nuclear Mundial, Estados Unidos cuenta actualmente con 94 reactores operativos, responsables de cerca del 55% de su electricidad libre de carbono. Bajo el nuevo enfoque, la capacidad nuclear podría cuadruplicarse hasta alcanzar los 400 gigavatios hacia 2050.
El contexto internacional también juega a favor de esta estrategia. El aumento de más del 50% en los precios del petróleo, asociado a la guerra en Irán, ha reforzado el argumento de diversificar la matriz energética y reducir la exposición a combustibles fósiles. Walker señala que, en paralelo, se están agilizando permisos y reduciendo cargas regulatorias para acelerar los proyectos. El objetivo es claro: fortalecer la soberanía energética y garantizar una base estable de suministro para industrias intensivas en consumo eléctrico.
La presión de la inteligencia artificial
Uno de los factores más disruptivos en esta ecuación es el crecimiento exponencial de la demanda energética asociada a la inteligencia artificial. Desde la administración de Joe Biden, el Departamento de Energía de Estados Unidos ya advertía de un aumento del 20% en la demanda eléctrica durante la próxima década, impulsado en parte por los centros de datos.
Un informe de la Agencia Internacional de Energía proyecta que el consumo energético vinculado a la IA crecerá un 15% anual entre 2024 y 2030, hasta representar el 3% del consumo global, el doble del nivel actual. En este contexto, grandes tecnológicas están intensificando su presión para acelerar el desarrollo nuclear. La razón, según Walker, es que esta fuente ofrece una combinación difícil de replicar: generación constante, alta capacidad y bajas emisiones.
Ejemplos recientes ilustran esta tendencia. Amazon adquirió un centro de datos en Pensilvania por 650 millones de dólares, alimentado por la planta nuclear de Susquehanna. Por su parte, Microsoft firmó un acuerdo para reactivar parcialmente la central de Three Mile Island, también en ese estado, de acuerdo con el Instituto Brookings. Actualmente, cerca de una quinta parte de la energía consumida por centros de datos de IA ya proviene de fuentes nucleares, lo que refuerza su papel como pilar energético del ecosistema digital.
Mayor respaldo social y competencia regional
El giro hacia la energía nuclear también cuenta con un respaldo social creciente. Según el Pew Research Center, el 59% de los adultos en Estados Unidos apoya la construcción de nuevas plantas nucleares, el nivel más alto en más de una década. Este respaldo es transversal, con mayorías tanto entre republicanos como demócratas.
Para el sector, este cambio de percepción es clave. Durante décadas, la energía nuclear estuvo marcada por el rechazo público, en gran parte asociado a los riesgos percibidos durante la Guerra Fría. Sin embargo, las nuevas generaciones muestran una actitud más favorable, en parte por la urgencia de la transición energética. Walker anticipa un escenario de competencia entre estados para atraer inversiones nucleares, especialmente en un contexto donde la disponibilidad de energía confiable se convierte en un factor decisivo para el desarrollo económico.



