La primera vez que vi a Simón Fischer, Bombita, en Relatos salvajes, sentí una mezcla de risa y alivio. Alguien, por fin, hacía lo que muchos fantasean en silencio: explotar, decir basta, romper con la cadena invisible de abusos cotidianos que llamamos trabajo, normas, sistema. Bombita estalla para recuperar algo más simple: la dignidad. Pero en la vida real te dicen que la dignidad no es rentable. ¡Mi madre! Y en estos tiempos todo tiene que rentar o, sencillamente, no sirve, se bota, se cambia, se desecha.
Uno sale del cine pensando que sí, tal vez ese gesto extremo tiene algo de heroico. Pero llega el lunes y no hay explosiones. Hay correos sin responder, reuniones innecesarias, horas extra que nadie paga, cansancio acumulado. Entonces entendemos lo obvio: casi nadie elige el estallido. Elegimos otra cárcel, una más silenciosa y aceptada: quedarnos en donde no cabemos.
El quiet quitting como respuesta
Nos han contado que el problema es generacional, que los jóvenes no quieren trabajar, que están cansados demasiado pronto. Pero, como escribe Aixa De la Cruz, “la desafección al trabajo no es un fenómeno generacional”. Tal vez lo único nuevo es el permiso para decirlo en voz alta. Hay un concepto en inglés: quiet quitting, traído por Jaime Rubio en su columna de El País titulada “No vas a heredar la empresa”. Se refiere no a renunciar ni a hacer lo mínimo, sino a hacer lo acordado. Y aunque es apenas lógico, molesta porque durante años confundimos compromiso con disponibilidad total, vocación con sacrificio y silencio con responsabilidad.
El costo en la salud
El cuerpo, mientras tanto, pasa factura. Según la Organización Mundial de la Salud y la Organización Internacional del Trabajo, las jornadas laborales extensas están asociadas a cientos de miles de muertes al año por enfermedades cardiovasculares. Esto no tiene por qué ser así. En Dinamarca, la flexibilidad laboral convive con altos niveles de productividad y bienestar. En Países Bajos, trabajar menos horas no implica menor compromiso, sino una mejor vida. En Islandia, la reducción de la jornada ha demostrado que se puede producir igual —o mejor— trabajando menos tiempo.
Repensar el lugar del trabajo
Nos preguntamos una y otra vez: ¿y si el trabajo no fuera el centro de la vida? No para dejar de hacer, sino para hacer distinto. Para que el trabajo duro, el peligroso, el que desgasta el cuerpo, lo hagan las máquinas mientras el humano tiene más acceso a pensar, crear, cuidar, disfrutar, vivir, sin menoscabo de quienes amamos nuestros trabajos (tremendo privilegio), pues nos hace tan o más felices que cualquier otra actividad.
El verdadero lujo no es estallar como Bombita, es que el trabajo no te obligue a elegir entre sobrevivir o ser. Es llegar al final del día con algo intacto por dentro. Es no sentir que cambiaste tu vida —la única— por un salario.



