En el campo santandereano hoy hay más información, más biofábricas y más discursos sobre sostenibilidad que nunca; sin embargo, la crisis persiste. ¿Estamos realmente transformando nuestra relación con la tierra o simplemente cambiando un insumo por otro?
La pregunta incómoda
Se ha discutido si la agroecología funciona o no funciona, pero hay una pregunta más incómoda que pocas veces ponemos sobre la mesa: ¿de qué sirve producir si no somos conscientes de lo que hacemos, de sus consecuencias y de los ecosistemas que estamos creando?
Hay algo que empieza a inquietarme profundamente cada vez que recorro el campo, converso con campesinos o participo en espacios técnicos. Y no es la falta de información, no es la falta de tecnología, ni siquiera la falta de alternativas. Es la falta de conciencia. Es no detenernos a comprender realmente los procesos del suelo, de las plantas y de los sistemas que estamos manejando.
En mis artículos anteriores he defendido que la agroecología sí es rentable. También he hablado de los suelos de Santander que están gritando, de la vida invisible que habita en ellos y de la nutrición como una herramienta clave para enfrentar el estrés climático. Pero hoy no quiero insistir en lo técnico, porque el punto ya no es si sabemos o no sabemos. El punto es si entendemos lo que estamos haciendo.
Más allá de la rentabilidad
Más allá de la rentabilidad y los microorganismos, la pregunta que hoy sacude al sector rural es incómoda: ¿somos conscientes de las consecuencias de lo que creamos en nuestras fincas?
Durante años, el campo ha transitado por un proceso de aprendizaje. Pasamos de sistemas tradicionales a modelos altamente dependientes de insumos externos, y ahora avanzamos hacia propuestas más autónomas, incluso con biofábricas dentro de las fincas. El discurso ha cambiado: hablamos de regeneración, de microorganismos, de sostenibilidad. Hay más información que nunca, pero también más confusión.
En medio de ese tránsito, empezaron a hacerse visibles las consecuencias. Aparecieron grietas en el suelo, no solo físicas, sino también en la forma en que veníamos entendiendo la producción. Ahí comenzó a evidenciarse que algo no estaba funcionando como creíamos.
Hoy el debate no puede quedarse ahí. Hoy la pregunta es otra: ¿somos conscientes de cómo estamos produciendo? Porque se pueden aplicar bioinsumos, implementar prácticas regenerativas y aun así seguir tomando decisiones desconectadas. No porque falte información, sino porque falta algo más difícil de construir: conciencia. Y aunque hoy tenemos más acceso al conocimiento, no siempre logramos traducirlo en decisiones coherentes.
La fractura entre comprender y actuar
Esa es la fractura. Porque no se trata de no saber. Hoy un productor entiende que el suelo pierde productividad cuando se degrada, que los sistemas se desequilibran y que las decisiones tienen efectos. Pero entre comprender y actuar hay una distancia que no siempre logramos cerrar, y esa distancia define el rumbo de nuestros sistemas productivos.
En este punto, vale la pena traer el pensamiento de Ana Maria Primavesi, ingeniera agrónoma y pionera de la agroecología en América Latina, quien dedicó su vida a estudiar el suelo desde una mirada distinta a la convencional. En una época en la que el suelo era visto como un simple soporte, Primavesi demostró que es un sistema vivo, complejo y dinámico.
Su planteamiento fue claro y profundamente disruptivo: la agricultura no se trata de controlar la tierra, sino de comprenderla. No hablaba desde la ideología, hablaba desde la observación. A partir de allí planteó una idea que hoy sigue teniendo todo el sentido: el problema no está en la planta ni en la plaga, sino en el sistema.
Y ese sistema no es solo biológico. También es una expresión de nuestras decisiones. Ahí es donde su pensamiento se vuelve incómodo, porque nos saca del terreno técnico y nos lleva al terreno de la responsabilidad. Nos obliga a reconocer que muchas veces el problema no es la falta de herramientas, sino la forma en que las usamos.
La trampa del color verde
En el campo hay una trampa silenciosa: el color verde. Hemos aprendido a asociarlo con salud y productividad, pero no siempre un cultivo verde es un cultivo sano. En muchas zonas de Santander predominan suelos ácidos, donde los nutrientes pueden estar presentes, pero no disponibles. Es como tener una despensa llena con la puerta cerrada. Por eso los cultivos pueden verse bien, pero no necesariamente responder como deberían.
La producción, entonces, no es solo aplicar. Es entender cómo funciona el sistema.
Lo mismo ocurre en la ganadería. El animal no se alimenta solo de pasto, sino de lo que ese pasto logra expresar según las condiciones del suelo. Cuando no hay disponibilidad real de nutrientes, aparecen los síntomas: animales que comen, pero no ganan peso; sistemas dependientes y resultados que no corresponden al esfuerzo.
La conciencia como práctica diaria
Y todo esto nos devuelve al mismo punto: la conciencia. No como un discurso, sino como una práctica diaria. Como la capacidad de observar, de cuestionar y de interpretar lo que ocurre en nuestros sistemas productivos. Porque la agroecología no es una receta, es una forma de relacionarse con la naturaleza.
Y también enfrenta un riesgo silencioso: convertirse en una nueva forma de hacer lo mismo. Cambiar insumos, pero no cambiar decisiones; cambiar prácticas, pero no cambiar criterios; cambiar el discurso, pero no cambiar la relación con la tierra. Y si eso ocurre, no hay transformación, solo hay reemplazo.
Porque al final, el mayor problema del campo no es la falta de insumos, ni de tecnología, ni de conocimiento. Es la conciencia que no cultivamos. Esa que no se compra, no se aplica y no se improvisa. Esa que se construye cuando dejamos de producir como nos dicen y empezamos a hacerlo con criterio propio, entendiendo los ecosistemas que hemos creado en nuestras fincas.
El verdadero cambio no está en lo que usamos, sino en cómo lo usamos. Y mientras no cultivemos esa conciencia, seguiremos repitiendo los mismos errores, solo que con nombres distintos.
Porque más allá de las prácticas, de los modelos o de las tendencias, todo se reduce a una decisión: producir entendiendo lo que hacemos. Es decir, cultivar con conciencia ecológica.



