El ritual del 'Falso Final' en conciertos: La complicidad entre artista y público
"¡Con esta nos despedimos, Bogotá! ¡Muchas gracias!", exclama el artista desde el escenario, dando lo que parece ser el último acorde de la noche. Inmediatamente, el público responde con gritos de "¡Otra, otra!", mientras las luces permanecen apagadas y nadie sube al escenario para recoger los instrumentos.
"¡Oe, oe, oe, oe [nombre del artista], [nombre del artista]!", corea la multitud en la oscuridad. Las luces continúan apagadas, el escenario está vacío. "¡Otra, otra, otra, otra!", insisten los asistentes. De repente, como por arte de magia, las luces se encienden y la música vuelve a sonar. "¡Seguimos, Bogotá! ¡Seguimos!", anuncia triunfante el artista, mientras el público enloquece de alegría.
Un baile coreografiado que todos conocemos
Todos hemos estado en esa situación. Jugamos a hacernos los locos, los que no saben, los sorprendidos, los inocentes. Hacemos de cuenta que no vemos lo evidente: que el concierto aún no ha terminado, porque si realmente se fuera a acabar, claramente encenderían todas las luces y subiría gente a recoger el escenario, como efectivamente sucede cuando el espectáculo concluye definitivamente.
No me malinterpreten: pocas cosas amo tanto como este baile entre el artista y su público. Suena un poco absurdo, como si todos nos estuviéramos haciendo los estúpidos —incluidos los artistas—, pero en realidad este es para mí uno de los momentos más hermosos de un concierto de música en vivo.
El ballet no ensayado de la complicidad musical
Es como un ballet que nadie ensayó: el artista sabe que va a volver, el público sabe que el artista no se está yendo realmente, y sin embargo todos se hacen los que no tienen ni idea de lo que está por suceder. El artista se despide teatralmente y el público grita pidiendo más. El artista vuelve al escenario y el público aparenta sorpresa ante su retorno inesperado.
Lo hemos presenciado mil y una veces, y sin embargo se mantiene como uno de los trucos de escenario más efectivos dentro del repertorio de cualquier artista que da conciertos. El Fake Ending, como le dicen en inglés, o el Falso Final, como podríamos llamarlo en español.
Un momento de complicidad total y disfrute mutuo
Es un momento de complicidad total entre quienes están en el escenario y quienes están frente a él. Es casi un momento de masturbación mutua entre artista y público, donde todos disfrutamos, se siente increíble, y todos queremos creer que realmente el artista está volviendo porque el público lo convenció a gritos.
Todos compramos la fantasía. Y es que si yo pago todo ese dinero por una boleta, estoy dispuesto a tragarme lo que el artista me meta en la boca, y este es un plato tradicional, como el café al final de la comida. No tengo nada distinto a amor y admiración por este extraño momento de la música en vivo, pero me divierte muchísimo ver cómo todos los artistas y todos los públicos conocen perfectamente su papel en este peculiar ritual.
La permanencia de un ritual que nunca se delata
Supongo que todos ganamos en emoción si se completa el baile, pero no deja de sorprenderme que nunca se intente delatar la farsa del momento. Tan efectivo es este ritual que llevamos años sabiendo exactamente lo que va a suceder, y sin embargo nos hacemos los que no lo sabemos.
Por favor, que sean muchos años más de este juego entre artistas y públicos, de esta complicidad que hace de cada concierto una experiencia única y compartida, donde las reglas no escritas se respetan y la magia del momento prevalece sobre la lógica más evidente.
Por Simón Vargas Morales
Simón Vargas Morales nació el 24 de octubre de 1993, a la orilla de la luz, un día del censo en Bogotá, Colombia. Intenta ser músico, escritor, fotógrafo e historiador. A veces lo logra, otras no tanto, pero siempre se divierte en el proceso.
