El eco ancestral del Salmo 137 en el conflicto moderno entre Irán e Israel
Entre los textos más desgarradores de la antigüedad se encuentra el Salmo 137, un poema bíblico que en tiempos contemporáneos ha sido adaptado a géneros musicales populares como el pop y el reggae. Sus versos iniciales —"Junto a los ríos de Babilonia, allí llorando estábamos sentados acordándonos de Sion"— condensan no solo una tragedia histórica, sino también la ferocidad atemporal que hoy caracteriza enfrentamientos como el que mantienen Irán e Israel, un conflicto que actualmente mantiene en vilo a la comunidad internacional.
Raíces históricas: del exilio babilónico a las tensiones contemporáneas
Este choque, que Estados Unidos ha magnificado hasta presentarlo como una amenaza planetaria, no constituye una prolongación directa de las hostilidades que persas y judíos sostuvieron hace más de 2.500 años. Sin embargo, comparte con aquellos enfrentamientos una tiniebla mitológica y una resonancia histórica profunda. En el año 598 a.C., los ejércitos de Nabucodonosor invadieron Judea, derribaron el Templo de Jerusalén y llevaron cautivo al pueblo judío a Babilonia.
El Salmo 137 registra cómo, junto a los grandes ríos, los prisioneros colgaron sus arpas de los sauces cuando sus captores, en burla, les pidieron que entonaran canciones de su tierra. Los cautivos no solo se negaron, sino que juraron venganza e invocaron a su Dios —invisible e implacable— para que, si llegaban a olvidar o traicionar a Jerusalén, su lengua se pegara al paladar y perdieran la memoria de su propio rostro. La profanación de Jerusalén debía prevalecer sobre cualquier gozo terrenal.
De la discordia ancestral al odio moderno
Este salmo de oscura belleza, atribuido tradicionalmente al rey David aunque probablemente posterior a su época, no solo narra las circunstancias históricas del conflicto, sino que permite sentir la intensidad de una discordia que ha unido a estos pueblos a través de los siglos. Y se emplea el término "unido" deliberadamente, pues quienes se odian parecen necesitarse incluso más que quienes se aman. Mientras el amor puede subsistir en la ausencia, el odio requiere desesperadamente "la presencia y la figura" del otro, como señalaba San Juan de la Cruz.
El conflicto actual presenta diferencias sustanciales: no se trata enteramente de un enfrentamiento entre la civilización persa y la hebrea, sino de un brote del choque entre judíos y musulmanes, donde el combustible que lo alimenta proviene menos de la fe que de las reservas de petróleo y los intereses geopolíticos. No obstante, pervive el mismo sentimiento de odio y venganza que impregna el terrible salmo, y que hoy satura la región más explosiva del planeta con drones súbitos, misiles mortíferos, lluvias destructivas y arsenales ocultos.
La psicología del odio: necesidad mutua y aniquilación
En tiempos recientes, tanto Israel como Irán han expresado no solo su odio, sino su necesidad de ver desaparecer al otro. Irán ha amenazado con borrar a Israel del mapa, lo que explica el temor de sus adversarios ante la posibilidad de que Teherán adquiera arsenales nucleares. Israel, por su parte, ha hablado abiertamente de destruir a Irán, mientras que Donald Trump, aunque no inició este conflicto, ha demostrado una habilidad particular para agravarlo, enredándose en una compleja telaraña geopolítica.
¿Qué ofensa podría justificar una animadversión tan persistente? Un personaje de Dostoievski en "Los hermanos Karamázov" ofrece una pista reveladora: cuando se le pregunta qué le hizo su enemigo para merecer tanto odio, responde: "Él no me ha hecho nada, pero yo una vez le hice algo malo, y desde entonces no me lo soporto". Quizás estos odios inmortales no sean en el fondo odio hacia el otro, sino oscuramente odio hacia uno mismo, una necesidad de tener un enemigo feroz que persiga y desvele, un misterioso deseo de mortificación.
El odio, al igual que el amor, no puede ser una pasión solitaria; necesita desesperadamente del otro. Pero mientras el amor busca engendrar algo más —una criatura, un sentimiento, un descubrimiento, un lenguaje—, el odio puede llegar a anhelar la supresión del otro, incluso si eso implica la aniquilación de sí mismo. La música popular abunda en variaciones sobre esta idea, presentando el odio como una emoción cuya intensidad solo se compara con el amor.
La transmisión del odio y su peligro global
Lo más amenazante, con la omnipresente figura de Donald Trump en escena, es que a estos contendientes no les basta con su odio mutuo, sino que necesitan transmitirlo, contagiárselo a otros, inundar con él el futuro y cobrárselo a los inocentes. Por ello resulta crucial interrogar aquel lamento de los ríos de Babilonia, pues el final del Salmo 137, que osa hablar de felicidad, constituye lo más terrible de todo el poema: "Oh hija de Babel, desventurada. Feliz quien te devuelva el mal que nos hiciste. ¡Feliz quien coja y quien estrelle contra la roca a tus pequeños!".
Este conflicto que en este instante llena de llamas y zozobras una de las regiones más atormentadas del planeta —casi en vecindad con otra guerra que ya completa cuatro años— no nos interpela simplemente como un enfrentamiento bélico más, sino como una pregunta esencial sobre las maldiciones de nuestra especie. Como escribió Paul Valery: "Acaso amor o el odio de mí mismo? Tan cerca siento su secreto diente, Que puede convenirle todo nombre".
Esos guerreros feroces que no pueden dejar de perseguirse y, en cierto modo, abrazarse, evidencian por igual la necesidad de destruir y la necesidad de ser destruidos, un oscuro afán de castigar y de ser castigados. Nuestra especie arrastra desde sus orígenes este odio que no logra ocultar una indeseada necesidad del otro. Fue Borges quien advirtió: "No odies a tu enemigo, porque si lo odias eres de alguna manera su esclavo". Hoy, mientras las llamas crecen en Oriente Medio, esa advertencia resuena con una urgencia aterradora.
