Woody Allen: el arte de incomodar y la lucidez de la duda
Woody Allen: el arte de incomodar y la lucidez de la duda

Hay artistas que entretienen. Woody Allen incomoda. Y esa incomodidad —intelectual, moral, estética— es precisamente lo que lo convierte en uno de los últimos autores auténticos del arte contemporáneo. No del cine: del arte.

Orígenes y humor como supervivencia

Nacido como Allan Stewart Konigsberg en Brooklyn en 1935, Allen creció en una familia judía ashkenazí de clase media inestable. El humor no era adorno, sino arma de supervivencia ante la ansiedad y la fragilidad del sentido. De esa tradición emerge su obsesión central: la vida como un chiste cósmico sin remate. Su judaísmo es cultural, irónico y freudiano hasta la médula: no busca redención, sino diagnosticar la herida. Y su ateísmo —declarado, sistemático, nunca militante— es la otra cara de la misma moneda: Dios, si existe, es un espectador indiferente o, peor aún, un underachiever.

Apoliticismo y humor contra el antisemitismo

Allen es deliberadamente apolítico: no firma manifiestos, no presta su nombre a causas. En una industria donde el activismo es moneda de cambio, su silencio ideológico es casi una declaración. Como Mel Brooks —que usó la farsa para demoler al nazismo en El Productor— o como Sacha Baron Cohen después, Allen ha combatido el antisemitismo con su arma preferida: la risa. Pero donde Brooks elige la parodia grotesca y Baron Cohen la provocación, Allen elige la autoironía intelectual: el neurótico judío que discute con Dios y pierde, convertido en vehículo de alta cultura exportado al mundo entero.

Banner ancho de Pickt — app de listas de compras colaborativas para Telegram

El trauma que forjó al autor total

La carrera de Allen es también la historia de una lección brutal que no olvidó jamás. En 1965 debutó como actor y guionista de What’s New, Pussycat? sin dirigirla. La experiencia fue traumática: productores y actores reescribieron su guion hasta hacerlo irreconocible. Allen quedó sin voz. Para exorcizar el trauma, al año siguiente tomó una película de espías japonesa y le redubó completamente el diálogo —convirtiendo un thriller de acción en una farsa sobre la mejor ensalada de huevo del mundo— sin rodar una sola escena nueva. Era What’s Up, Tiger Lily? (1966): subversión pura desde el lenguaje, no desde la cámara. De esa doble experiencia —la humillación y la parodia— nació el autor total: desde entonces escribió, dirigió y protagonizó sus propias películas con control creativo absoluto durante más de cincuenta años.

Obras maestras que redefinieron el cine

Desde Take the Money and Run (1969) hasta Annie Hall (1977), convirtió la comedia romántica en autopsia filosófica. Rompió la cuarta pared, fragmentó el tiempo y volvió el amor un problema insoluble. En Annie Hall, sentencia: la vida se divide en “the horrible and the miserable” (lo horrible y lo miserable). Hay que dar gracias por estar en la segunda categoría. Manhattan (1979) es su declaración de amor más hermosa y más tramposa a la ciudad que lo define. Hannah y sus hermanas (1986) lleva su universo coralista a la madurez: la culpa, el deseo y la muerte coexisten sin resolverse. Y Zelig (1983), falso documental tan impecable que hipnotiza, anticipa con ingenio devastador las identidades líquidas del siglo XXI.

La moral ambigua de 'Crimes and Misdemeanors'

En Crimes and Misdemeanors (1989), Judah Rosenthal ordena el asesinato de su amante y luego cena tranquilamente mientras un rabino ciego defiende la necesidad de creer. La película no moraliza: constata. Al final, Judah narra su propia historia como si tuviera un remate feliz: se despierta una mañana, el sol brilla, su familia lo rodea, la crisis se ha disuelto. Cliff, horrorizado, lo interrumpe: “If you want a happy ending, go see a Hollywood picture” (si quieres un final feliz, ve a ver una película de Hollywood). No hay justicia cósmica; solo la capacidad humana de racionalizar, olvidar y prosperar.

Banner post-artículo de Pickt — app de listas de compras colaborativas con ilustración familiar

La primera novela: 'What's With Baum?'

Lo que nadie esperaba es que a los 89 años Allen añadiera un capítulo más: su primera novela. What’s With Baum?, publicada en septiembre de 2025, es probablemente la única que escribirá, lo que la convierte en testamento literario. Asher Baum —periodista judío reconvertido en escritor fracasado, tercer matrimonio en crisis, hijastro más exitoso que él— es Allen sin cámara. Lo notable no es el parentesco obvio con sus películas, sino que a su edad haya tenido la compulsión de reinventarse en un género nuevo y entregara algo genuinamente divertido, melancólico y neoyorquino hasta la médula. “You can’t control life. It doesn’t wind up perfectly. Only art you can control” (No puedes controlar la vida. No termina a la perfección. Solo puedes controlar el arte). La novela es la última prueba de esa convicción.

La obra resiste a pesar de la biografía

La obra resiste. No por encima de la biografía —las acusaciones nunca probadas, la vida personal escandalosa— sino a pesar de ella. Hoy el algoritmo premia la indignación performativa, la cancelación es el nuevo juicio final y la ambigüedad se considera complicidad. Allen insiste en la zona gris que nuestra época quiere abolir: la posibilidad de que el genio y el impostor moral coexistan, de que la culpa sea un chiste que a veces se disuelve con el tiempo, y de que el arte no tenga por qué redimir a nadie.

Su duda —judía, neurótica, implacable— sigue siendo una de las formas más agudas de lucidez que nos quedan.