El dolor tiene diferentes rostros. Puede sonreír y aun así estar ahí: en la cama, desparramado; en fotos, bajo reflectores de pasarela. El dolor tiene máscaras. Al quitárselas, aparecen sus cicatrices. Es actor: no le faltan escenarios. El telón se abre sin importar edades: sea infancia o vejez, el dolor entra en función.
¿Qué balanza sostiene el peso del dolor?
¿Dónde se cuelga lo que duele: lo propio y lo ajeno? Hacerlo en rodajitas como la fresa, triturarlo como el maíz, rallarlo como el queso, ¿así dolerá menos? Hay dolores que nos escogen y otros que escogemos; unos a los que les huimos y otros que nos alcanzan. Dolores que nos arrastran y algunos que, por años, han sido arrastrados por cercanos hasta dejarlos como herencia.
Los dolores que nos imponen
Están los que nos imponen y nos rompen, dolores que nadie conoce, con los que sentimos culpa y por los que nos culpan. Hay dolores por la muerte y por la vida y aun así avanzamos. Hay cuerdas que nos jalan: creencias, recuerdos, esperanza, anhelos, personas, retos. Existe lo que nos sostiene: el director que no deja que el telón caiga hasta no ver su obra terminada; quien extiende su mano para sacarnos del agujero, lo que nos saca a flote cuando hay turbulencia en el mar.
Y acá estamos, encorvados o agujereados, completos o en retazos, pero caminando; dejando que las lágrimas corran si es el caso, sin detenernos, aunque el paso sea pausado. En esto quedé hilando luego de leer ‘Un himno a la vida, mi historia’, de Gisèle Pelicot. El dolor la asfixió, pero no la ahogó.
El equilibrio final
El público al final aplaude; por más peso que haya, la balanza se equilibra, y el dolor se vuelve migajas. El dolor nos asfixia, pero no nos ahoga.



