Roque Pupo Villa: La coherencia ética como legado en Cartagena y Colombia
Roque Pupo Villa: Coherencia ética como legado en Cartagena

Roque Pupo Villa: Un faro de coherencia en tiempos de confusión ética

En Cartagena, donde la memoria colectiva a menudo se desvanece entre el bullicio urbano y los reconocimientos protocolarios, evocar la figura de Roque Pupo Villa trasciende el mero ejercicio nostálgico. Se convierte en un acto de responsabilidad ciudadana, una reivindicación necesaria de valores que hoy parecen escasear en la esfera pública. Su existencia constituye un estudio obligado sobre lo que significa mantener la coherencia absoluta entre el pensamiento, la palabra y la acción, tanto en la vida privada como en el servicio a la comunidad.

La vocación penalista: Derecho con dignidad en el centro

Roque Pupo Villa ejerció el Derecho Penal por convicción profunda, nunca por casualidad o conveniencia. Para él, este ámbito jurídico representaba el terreno crucial donde se disputan la libertad, la dignidad humana y, en numerosas ocasiones, el destino mismo de las personas. Desarrolló su labor profesional bajo una premisa que en la actualidad muchos considerarían excepcional: aplicar la ley con rigor técnico, sí, pero siempre colocando a la ética como eje rector de cada decisión.

El formador de conciencias en la Universidad de Cartagena

Su vinculación con la Universidad de Cartagena fue mucho más que una relación laboral o académica. Aquel espacio se transformó, bajo su influencia, en un semillero de pensamiento crítico y rectitud moral para generaciones enteras de futuros abogados. Como profesor y posteriormente como decano, Pupo Villa no se limitó a instruir profesionales del Derecho; se dedicó a forjar ciudadanos plenamente conscientes de la inmensa responsabilidad que conlleva interpretar, aplicar y defender la ley en una sociedad.

Servicio público: La política como extensión de principios

Su incursión en la vida pública, desempeñándose como gobernador de Bolívar y como representante a la Cámara, fue la prolongación natural y coherente de esa misma filosofía de vida. Nunca concibió la política como un escenario para el protagonismo personal o el beneficio individual, sino exclusivamente como una forma de servicio a la comunidad. A lo largo de esa trayectoria, mantuvo incólume el principio que marcó toda su existencia: la coherencia inquebrantable entre sus valores y sus actos.

El rechazo a la magistratura: Un acto de fidelidad a sí mismo

Un episodio particular ilustra con extraordinaria claridad esta forma de ser. En cierta ocasión, le fue ofrecida la posibilidad de convertirse en magistrado de la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia. Tenía todo el derecho legal para aceptar. Representaba un honor institucional que la mayoría habría aceptado sin titubear. Sin embargo, su respuesta fue un no rotundo y reflexivo.

No fue una negativa por falta de méritos, sino porque le sobraban principios. Toda su formación, su dedicación al estudio y su trayectoria profesional habían estado consagradas al Derecho Penal. Aceptar una dignidad en un campo jurídico diferente, aunque las normas lo permitieran, habría significado traicionar la fidelidad a su propio camino intelectual y ético. Eligió, una vez más, la coherencia consigo mismo por encima de añadir un título prestigioso a su currículum.

En una época donde la legalidad con frecuencia se confunde con la legitimidad moral, aquella decisión silenciosa comunica más que cualquier discurso grandilocuente. Nos recuerda, con contundencia, que no todo lo que es legalmente posible es éticamente aceptable. Que la verdadera ética comienza precisamente donde terminan los cálculos de conveniencia personal o profesional.

El legado escrito y el hombre de familia

Su compromiso con las ideas también se materializó a través de la palabra escrita. Sus columnas en el Diario de la Costa, recopiladas posteriormente por sus hijas en el libro Reflexiones de la Tercera Edad, son el testimonio perdurable de una mente lúcida y de una conciencia en diálogo permanente con la realidad social. No escribía para obtener reconocimiento, sino para dejar constancia de sus convicciones y, de ese modo, seguir enseñando más allá de las paredes del aula universitaria.

Y, por supuesto, existía el Roque Pupo Villa familiar: el esposo, el padre, el abuelo. El hombre cercano cuya autoridad moral no emanaba de los cargos que ocupó, sino de la manera íntegra en que vivió cada uno de sus días. Su ejemplo en el ámbito privado fue tan consistente como su desempeño en lo público.

Vigencia de un referente en Cartagena y Colombia

Por todo ello, evocar su figura implica reconocer que el parentesco es apenas una circunstancia biológica. Lo que realmente mantiene vigente a Roque Pupo Villa es lo que representa para una ciudad como Cartagena y para una nación como Colombia, urgentemente necesitada de referentes éticos sólidos.

Hoy, cuando innumerables decisiones en la esfera pública se justifican únicamente en lo "legalmente posible", aunque sean moralmente reprobables, su vida plantea una pregunta incómoda pero indispensable: ¿en qué momento dejamos de medirnos por la vara de la conciencia?

Su trayectoria enseña que la verdadera dimensión de una vida no se mide solo por los cargos que se aceptan, sino también, y muy especialmente, por aquellos que se tiene la sabiduría y el valor de declinar. En esa renuncia —silenciosa, firme, profundamente ética— reside una lección poderosa que Cartagena y Colombia continúan requiriendo con urgencia. Un legado de coherencia que desafía a las nuevas generaciones a construir una sociedad donde la ley y la moral caminen de la mano.