El periodismo frente al riesgo de convertirse en una cadena infinita de comentarios
En los últimos años, hemos observado cómo la conversación pública se ha desplazado, casi por completo, hacia el terreno del comentario. No se trata únicamente de las redes sociales, aunque en ese ámbito el fenómeno resulta más visible. Hablamos de un ecosistema completo en el que cada vez más personas opinan sobre lo que otros dijeron, reaccionan a lo que alguien publicó y construyen audiencia a partir del simple eco.
La balanza peligrosamente inclinada hacia la opinión
Hoy existen influencers que comentan entrevistas, youtubers que analizan titulares, creadores que reaccionan a reportajes y opinadores profesionales que viven de explicar lo que otro periodista ya investigó. No está mal en sí mismo. La opinión constituye una parte esencial de la democracia y del periodismo. El problema emerge cuando la balanza se inclina peligrosamente hacia un solo lado: cuando todos comentan, pero pocos salen a buscar información de primera mano.
El periodismo no nació para comentar el comentario. Nació para preguntar lo que nadie desea responder. Para tocar puertas incómodas. Para contrastar versiones enfrentadas. Para encontrar documentos ocultos. Para salir a la calle y ensuciarse las botas.
La necesidad imperiosa de producir hechos verificables
En las aulas universitarias, suele insistirse en una idea aparentemente sencilla pero fundamental: no todo puede ser interpretación. Alguien tiene que producir los hechos verificables sobre los cuales luego discutimos como sociedad. Alguien debe ir a una alcaldía a preguntar por la contratación pública, al barrio marginado a hablar con las familias afectadas, al juzgado a revisar el expediente judicial, al territorio remoto a escuchar lo que no cabe en un hilo de X o en un video de treinta segundos.
Si el ecosistema se satura de opinadores que solo reaccionan a lo que otros investigaron, surgen preguntas cruciales:
- ¿Qué sucede cuando nadie investiga en profundidad?
- ¿Qué ocurre cuando el incentivo económico y simbólico está del lado del comentario rápido y no del trabajo lento y meticuloso?
El algoritmo versus la investigación periodística
El algoritmo de las plataformas digitales premia la reacción inmediata, la indignación veloz, la sentencia tajante. Investigar, en cambio, representa un acto silencioso y poco espectacular. Implica:
- Horas interminables de lectura de documentos.
- Llamadas telefónicas que no son contestadas.
- Viajes al terreno que no garantizan resultados inmediatos.
No es viral por naturaleza. No siempre genera likes masivos. Pero constituye la base sólida sobre la que se construye todo lo demás en el debate público.
La paradoja de los influencers y la dependencia del trabajo duro
Lo paradójico del asunto radica en que incluso los influencers más exitosos dependen de que alguien realice el trabajo duro primero. Reaccionan a una investigación judicial de alto impacto, a un informe detallado de la Fiscalía, a un reportaje revelador de un medio regional, a un hallazgo académico riguroso. Sin ese insumo inicial verificable, no existiría contenido sustancial para comentar.
Sin verificación rigurosa, sin contraste de fuentes y sin trabajo de campo exhaustivo, no hay periodismo genuino. Solo hay ruido informativo.
La tentación peligrosa de confundir opinar con investigar
Muchos periodistas profesionales gestionan canales propios y muchos creadores digitales realizan investigación seria. El punto central es otro: no podemos permitir que el periodismo se convierta en una cadena infinita de comentarios sobre comentarios. El oficio exige algo más incómodo y necesario: ensuciarse, salir al mundo real.
Existe una tentación peligrosa en nuestra época hiperconectada: creer que opinar es equivalente a investigar. No lo es. Opinar es un derecho democrático fundamental; investigar es una responsabilidad profesional y social. Lo primero puede ejercerse desde cualquier lugar con conexión a internet. Lo segundo exige método científico, tiempo dedicado, ética inquebrantable y, sobre todo, compromiso con la verdad.
El llamado a formar más reporteros que comentaristas
Cuando se enseña periodismo a las nuevas generaciones, debe transmitirse un mensaje que puede sonar antiguo pero es más vigente que nunca: el mundo no necesita más comentaristas; necesita más reporteros audaces. Necesita más personas dispuestas a verificar rigurosamente lo que circula en las redes, a desmontar rumores infundados, a encontrar documentos oficiales que contradigan la narrativa dominante.
Porque el vacío informativo no permanece vacío por mucho tiempo. Si los periodistas abandonamos la investigación de campo, otros actores ocuparán ese lugar estratégico. Y no necesariamente lo harán con rigor periodístico, ni con ética profesional, ni con responsabilidad pública hacia la ciudadanía.
La pregunta crucial: ¿quién hará el trabajo sucio?
¿Quién realizará el trabajo sucio si todos nos limitamos a comentar desde la comodidad del estudio? Alguien tiene que hacerlo inevitablemente. Alguien debe salir a la calle mientras otros transmiten en vivo desde sus espacios controlados. Alguien tiene que solicitar el documento oficial mientras otros reaccionan al titular llamativo. Alguien debe preguntar dos, tres veces, cuando la respuesta oficial resulta ambigua o evasiva.
Ese alguien, idealmente, debería seguir siendo el periodista profesional. No el periodista perfecto e idealizado, ni el héroe romántico del pasado. Sino el periodista consciente de que vive en un ecosistema híbrido y complejo, donde la inteligencia artificial escribe textos, los algoritmos distribuyen contenidos y los influencers interpretan realidades. Pero consciente también, y esto es lo fundamental, de que sin verificación independiente, sin contraste crítico y sin trabajo de campo perseverante, no existe periodismo que merezca ese nombre. Solo existe ruido ensordecedor que confunde en lugar de aclarar.