El escritor Marco de León Espitia convirtió una herida familiar en un libro que rescata una de las tragedias más dolorosas del río Sinú. En Crónica de un naufragio en agua dulce y otros relatos de río, revive el hundimiento del Montelíbano, ocurrido en 1945, y se presentará en la Filbo este 30 de abril.
Un naufragio que marcó a una familia y a todo un río
Antes que libro, fue una herida familiar. Una deuda con la memoria. En Crónica de un naufragio en agua dulce y otros relatos de río, Marco de León Espitia vuelve sobre la tragedia del Montelíbano, ocurrida el 28 de septiembre de 1945, para rescatar un episodio que durante décadas quedó a medio camino entre el duelo íntimo y el olvido público: un naufragio en el río Sinú que dejó más de cien muertos y marcó la historia de Córdoba. Algunas versiones hablan de más de 140 personas fallecidas. En ese momento, además, Córdoba todavía no existía como departamento autónomo: la región hacía parte de Bolívar y el río Sinú seguía siendo la gran vía de conexión entre pueblos que dependían del agua para comerciar, viajar y comunicarse con Cartagena. Montería misma era entonces una ciudad sin carreteras ni vías de penetración; por eso la navegación fluvial no era un telón de fondo, sino una necesidad cotidiana.
La historia le llegó por la familia, por esas conversaciones que se repiten durante años hasta convertirse en una forma de herencia. El capitán de la embarcación era esposo de una tía suya; otros familiares también murieron en la tragedia. El naufragio era entonces para su familia una pena que seguía flotando entre abuelos, sobremesas y fines de semana.
La investigación detrás del libro
Ese vínculo emocional fue el punto de partida. Marco de León entendió pronto que la memoria oral no bastaba. Había que ir a los archivos, contrastar, seguir nombres, reconstruir escenas, buscar descendientes, tocar puertas antes de que el tiempo terminara de borrar lo poco que quedaba. El Montelíbano, además, no era una embarcación menor dentro de esa geografía fluvial. En la memoria regional quedó como uno de los vapores más emblemáticos del Sinú: un barco de dos pisos que transportaba pasajeros, mercancías e incluso animales en una época en que puertos como Montería y Lorica articulaban buena parte de la vida económica de la región. Su hundimiento no fue solo una desgracia privada ni un accidente aislado: fue también un golpe para toda una cultura ribereña que vivía alrededor del río y de sus rutas.
Así empezó una pesquisa que lo llevó a Cartagena y Montería, a bibliotecas, archivos históricos, procesos judiciales, declaraciones notariales y bitácoras rescatadas del mismo naufragio. Lo que encontró fue un tejido de vidas, de testigos, de versiones y de pequeños detalles que le devolvían espesor humano a la historia. “Yo partía de una aproximación emocional, pero esa narración se quedaba corta. Me di la tarea de investigar primero con la rigurosidad histórica, periodística. Encontré alrededor de 90 folios donde estaban las declaraciones notariales, archivos judiciales, incluso las bitácoras que el capitán logró rescatar. Allí había un material muy rico. Tomé nombres de personas de esa época, me di a la tarea de buscar descendientes, hijos, nietos, y me fui a entrevistarlos”, cuenta el autor.
La historia de un sobreviviente
En esa búsqueda hubo también algo de carrera contra la muerte. El autor llegaba a los pueblos preguntando por sobrevivientes o rescatistas y, una y otra vez, le respondían que había llegado tarde: el testigo había muerto la semana pasada, o dos meses antes, o el año anterior. Aun así, persistió. Y en medio de esa obstinación encontró una de esas historias que por sí solas justifican un libro: la de un hombre que se salvó del naufragio siendo niño porque, simplemente, no quiso subir al barco. “Ese señor murió el año pasado, en 2025. Cuando ocurrió el naufragio era un niño de seis añitos y no se quiso subir al barco. Toda la familia subió: la mamá, el papá, dos hermanas y una nana. Todos subieron y él no quiso. Se resbaló, hizo perrinche, se tiró al suelo, se revolcó. No quiso subirse porque lo asustó el pito de la embarcación. Y ese niño, que ya era un señor de más de 90 años, me contó una historia maravillosa de su familia y de todo lo que pasó”.
De ahí proviene una de las mayores virtudes del libro: su capacidad de pararse en la frontera entre la historia y la literatura sin traicionar ninguna de las dos. “Soy ante todo un narrador, un escritor más que un investigador histórico; no soy historiador. Para mí el reto era poder conciliar el rigor histórico, que no quedara una historia sin sustentación y sin datos importantes, pero conciliar ese rigor con la belleza narrativa, que también fuera una historia agradable, bonita, que atrapara y cautivara al lector”, dice.
El río como protagonista
Pero en Crónica de un naufragio en agua dulce y otros relatos de río importa también el río. El libro funciona como una forma de volver la mirada hacia esa arteria que durante mucho tiempo fue comercio, camino, sustento y vínculo entre poblaciones enteras. Para Marco de León, el de Montelíbano también fue un golpe simbólico a la navegación fluvial, a una cultura del río que luego empezó a apagarse. Por eso insiste en que su libro dialoga con el presente, con el abandono contemporáneo de los afluentes y con la necesidad de devolverles centralidad.
No es un dato menor que el desastre ocurriera en un tramo del río marcado por las dificultades naturales de la navegación. Reconstrucciones posteriores ubican el naufragio en un recodo entre Tierralta y Montería y lo relacionan con una suma de factores: riesgos propios del cauce, problemas de maniobra y un contexto de sobrecupo y exceso de carga. Eso ayuda a entender por qué la tragedia del Montelíbano permanece en la memoria no solo como un accidente, sino como el emblema de una época en que el río era indispensable, pero también imprevisible.
“Rescatar un hecho histórico de la navegación en río, con rigurosidad, es importante en este momento porque ya la gente no mira al río con el mismo afecto y con la misma importancia con que lo miraba antes. Se ha convertido en un botadero de basura, en un vertedero de aguas servidas. Rescatar un hecho histórico puede ser un punto de partida para volver a mirar el río como un elemento importante de la zona”, afirma el autor.
Un llamado a la memoria fluvial
Los ríos son memoria material del país. Son el cauce por el que entraron el comercio, los intercambios, la vida cotidiana, incluso formas de imaginar la región. Y esa conciencia, dice el autor, no debería perderse ni siquiera ahora, cuando el desarrollo parece haber desplazado todo hacia las carreteras y el aire. “El río es una arteria que une a todas las sociedades. Nosotros tenemos una deuda histórica; le debemos a esos puertos porque por allí entró el comercio, la pintura, todo lo que somos. No podemos ser egoístas ni desconocer lo que el río significó para todos nosotros. Un río que se toca es una región que se muere, desde el punto de vista de la fertilidad del suelo, de la pesca, del comercio. Hay una deuda que tenemos de echar la mirada otra vez”, concluye.
Tal vez por eso el libro terminó encontrando un lugar natural en el Premio de Periodismo Cultural Guillermo Valencia Salgado 2025, donde fue reconocido entre trabajos dedicados a distintas expresiones de la cultura cordobesa. El galardón validó tanto la calidad de la crónica, como también el gesto de devolverle relieve a una historia regional que había permanecido demasiado tiempo en penumbra. Y no deja de ser significativo que esa restitución venga de un médico. Marco de León es internista y cardiólogo, pero desde hace años escribe en paralelo, como dos maneras distintas de auscultar la vida. “Yo escribo hace muchos años ya. Traigo una inquietud desde hace mucho tiempo a la par de la medicina. Mi padre tenía una biblioteca significativa, bastante grande, y ahí yo me encerraba a leer desde pequeño. De pronto nace esa inquietud por la lectura, por el estudio y por escribir. Y ahora que estoy en la etapa final de mi desempeño profesional, ya quiero dedicarme más a la literatura”, dice.



