Jóvenes abandonan el FOMO y reclaman un ocio íntimo y no competitivo
Jóvenes abandonan el FOMO por un ocio íntimo y no competitivo

El rechazo al FOMO: cuando el ocio deja de ser competitivo

En la adolescencia, estar al tanto de todo lo que ocurría en el mundo representaba el símbolo máximo de la juventud. Hablar de los artistas pop del momento, las películas estrenadas, los atuendos de moda, los videojuegos populares y las innovaciones tecnológicas era casi un requisito social. Las redes sociales fortalecieron esta dinámica hasta el punto en que todos queríamos realizar los mismos planes, visitar los mismos restaurantes o viajar a los mismos países turísticos.

La pandemia y la homogenización del gusto cultural

La pandemia de COVID-19 consolidó la idea de que debíamos estar permanentemente conectados, opinando sobre los mismos productos culturales para evitar el aislamiento y demostrar que vivíamos nuestras vidas al máximo. Desde el año pasado, adicionalmente, comenzamos a comparar cuántos productos culturales consumíamos respecto a otros, como si el ocio se hubiera convertido en alimento para el ego y la necesidad de sentirnos superiores.

Esta dinámica ha generado una homogenización preocupante del gusto. Los influencers recomiendan películas o libros creando rankings idénticos y repitiendo constantemente los mismos temas, generando una presión social para que todos estemos informados y alineados. Quien no disfruta de un producto cultural específico es rápidamente tachado de inculto, carente de buen gusto o simplemente ignorante, cuando en realidad pocas personas desarrollan un criterio verdaderamente autónomo.

El caso Bad Bunny y la justificación del gusto

Un ejemplo claro es el del artista Bad Bunny. Muchas personas lo criticaban por ser "un reguetonero más", pero después de ganar un Grammy, presentarse en el Super Bowl y realizar conciertos masivos en Colombia, las críticas disminuyeron y el fanatismo aumentó. Para afirmar gustos que en realidad no tienen, algunos jóvenes han adoptado la costumbre de teorizar excesivamente sobre productos culturales, haciendo que el simple disfrute les parezca insuficiente.

Nos obligamos a analizar el trasfondo de cada historia que consumimos, alejándonos progresivamente del placer irracional e inmediato que debería proporcionar el ocio.

La visión de los expertos: ocio sin retorno de inversión

La periodista Sofía Ariza, especializada en promoción y reseña de conciertos y eventos musicales, mencionó recientemente en sus redes sociales que "el ocio sin retorno de inversión es el único ocio verdadero". Como ella, muchos jóvenes han identificado que esta dinámica social nos está convirtiendo en consumidores del ocio, haciendo que pierda su objetivo original de distraernos, divertirnos o enriquecernos personalmente para transformarse en una obligación más que demanda tiempo, esfuerzo y recursos económicos.

Abandonando el FOMO y abrazando el JOMO

Por esta razón, los jóvenes estamos gradualmente perdiendo el FOMO (Fear of Missing Out, miedo a perderse algo) relacionado con productos culturales. Queremos recuperar la libertad fundamental de decidir qué hacer en nuestro tiempo libre y en qué invertirlo. Muchos hemos tenido que reafirmarnos constantemente que no tenemos que ver ninguna película o serie específica, tampoco leer ningún libro en particular ni asistir a eventos determinados.

Diariamente se publican más de tres millones de libros en el mundo, por lo que no tiene sentido estancarse en uno solo porque forme parte del canon literario o porque todo el mundo lo esté leyendo. Si no me gusta, si no me entretiene, debo tener la autonomía para abandonarlo. Si decido consumir algún producto cultural o asistir a algún lugar, quiero que sea por genuino deseo y porque se adapta a mis tiempos y modos personales de ocio, no por presión social externa.

El ocio como acto íntimo y no competitivo

El ocio debe regresar a ser un acto íntimo y no competitivo. Cuando dejamos de convertirlo en una medalla de reconocimiento social y lo rescatamos como refugio personal, se desactiva automáticamente la necesidad de explicar nuestros gustos o justificarlos con premios, críticas especializadas o teorías complejas.

El placer sin manual de instrucciones ni escalafones devuelve el asombro genuino y permite que coexistan lo ligero y lo profundo para redescubrirnos individualmente y aportar al mundo desde nuestra autenticidad. Por lo tanto, abandonar un libro a medias, apagar una serie a mitad de temporada o repetir una canción favorita incontables veces no son símbolos de fracaso, sino demostraciones claras de autonomía personal.

Elegir el JOMO (Joy Of Missing Out, felicidad de no estar al tanto) representa un gesto silencioso pero profundamente político: rechaza el mandato contemporáneo de la hiperproductividad agotadora y devuelve al ocio su sentido original de disfrute desinteresado y enriquecedor.