La cultura como espejo distorsionado de nuestra identidad
Una de las funciones más profundas y determinantes de la cultura es dotarnos de una noción compartida sobre quiénes somos. La cultura no solo nos enseña qué celebrar o qué condenar, sino que fundamentalmente nos dice qué significa "ser colombiano". Nos ofrece un relato sobre nosotros mismos que estructura nuestra percepción colectiva.
Los sesgos cognitivos que moldean nuestra percepción
Hoy sabemos, gracias a investigaciones avanzadas en ciencias cognitivas, que nuestra mente no opera de manera objetiva. Pensamos con sesgos profundamente arraigados. Interpretamos el mundo a partir de la información que hemos recibido de manera reiterada a lo largo de nuestra vida cultural. Esto explica fenómenos sociales como por qué el mismo argumento puede parecernos razonable si lo enuncia alguien con quien nos identificamos, pero completamente inaceptable si proviene de alguien que percibimos como distante.
Sabemos también que prejuicios como el racismo, el machismo o la xenofobia operan de manera inconsciente y automática, casi siempre sin que logremos notar su influencia en nuestras decisiones y juicios cotidianos.
La homoetnofobia: Un sesgo que define nuestra narrativa colectiva
En los últimos años, investigadores sociales han dedicado especial atención a estudiar un sesgo particularmente decisivo para nuestra vida colectiva: el sesgo con el que nos narramos a nosotros mismos. Este fenómeno ha sido denominado homoetnofobia: la tendencia cultural a describir nuestra propia comunidad como inferior, defectuosa o irremediablemente fallida.
No se trata de una teoría abstracta o académica distante de nuestra realidad. Está presente en nuestro lenguaje cotidiano, en nuestras expresiones coloquiales y en nuestras formas de relacionarnos:
- Llamamos "colombianada" a lo mal hecho o lo tramposo
- Hablamos de la "hora colombiana" como sinónimo de impuntualidad crónica
- Decimos que el undécimo mandamiento es "no dar papaya", porque en este país supuestamente no se puede confiar en nadie
- Repetimos, entre risas cómplices, frases como "imagínate vivir en Suiza y perderte de esto…", insinuando que lo nuestro es una anomalía pintoresca frente a la supuesta normalidad de otros pueblos
Estas expresiones constituyen una forma silenciosa pero poderosa de desprecio colectivo por nuestra propia identidad nacional.
La iteración cultural que construye realidades
La cultura funciona como una iteración constante de información: aquello que repetimos con suficiente frecuencia se convierte en expectativa compartida y finalmente en realidad percibida. Así, si reiteramos constantemente que "ser colombiano" es equivalente a ser tramposo, impuntual o poco confiable, esa narrativa termina organizando nuestra manera de vernos a nosotros mismos y de ver a los demás miembros de nuestra comunidad.
De los hechos puntuales a las identidades esencializadas
Tras los lamentables desmanes ocurridos durante la final de fútbol de 2024 entre Colombia y Argentina, varios medios de comunicación describieron los hechos como prueba irrefutable de una "naturaleza" nacional defectuosa. Los comportamientos violentos son, sin duda alguna, completamente reprochables y deben ser condenados. Sin embargo, escenas similares también han ocurrido en finales de la Champions League o en importantes torneos europeos.
La diferencia fundamental radica en que en esos contextos los incidentes se presentan como problemas específicos de grupos concretos, mientras que en nuestro caso tendemos a convertirlos inmediatamente en síntoma de lo que supuestamente somos todos los colombianos.
Ese salto cognitivo —de un hecho puntual a una identidad colectiva fallida— representa un sesgo cognitivo profundamente arraigado. Es una generalización que se naturaliza hasta volverse invisible. Tomamos lo peor de nuestras experiencias colectivas y lo convertimos en esencia identitaria.
La omnipresencia cultural y sus puntos ciegos
La cultura es omnipresente en nuestras vidas y por eso mismo siempre tiene un punto ciego difícil de reconocer. Incluso cuando creemos estar haciendo crítica social constructiva, podemos estar reforzando inadvertidamente una narrativa que nos aplasta como colectividad. El humorista, el periodista, el sacerdote, el maestro, el empresario o el funcionario público están todos atravesados por la misma información repetida en redes sociales, en conversaciones familiares, en canciones populares, en chistes cotidianos y en titulares periodísticos.
Todos participamos —muchas veces sin advertirlo conscientemente— en la reproducción constante de una historia particular sobre quiénes somos como pueblo.
Las preguntas que no nos hacemos
¿Por qué nos narramos predominantemente desde figuras como Pablo Escobar y no desde los jueces que dieron su vida por no dejarse intimidar? ¿Por qué nos cuesta tanto reconocer que en nuestra cotidianidad también habita la virtud, la creatividad, la dignidad y la resiliencia? ¿Por qué lo admirable parece siempre la excepción y lo reprochable parece constituir la esencia de nuestro ser colectivo?
La narrativa alternativa: La grandeza humana en tiempos de crisis
También en nuestro territorio florece constantemente la grandeza humana. La pandemia del COVID-19 lo hizo particularmente evidente. Miles de gestos espontáneos de solidaridad mitigaron sus efectos más devastadores:
- Empresarios del sector gastronómico que, aun al borde mismo de la quiebra, seguían entregando comida a quienes no tenían recursos para alimentarse
- Servidores públicos y ciudadanos comunes que repartían ayudas bajo puentes y en barrios vulnerables, haciendo mucho más de lo que estrictamente les correspondía
- Profesionales de la salud que, enfrentando lo completamente desconocido, ampliaron nuestras capacidades colectivas para proteger la vida, consolidando una experiencia clínica que llevó a que algunos pacientes críticos viajaran desde otros países en busca de una oportunidad de supervivencia
Esa también es una narrativa profundamente posible sobre nosotros. Pero casi nunca la elevamos al estatus de identidad colectiva. La reservamos para anécdotas conmovedoras pero aisladas.
No negar los problemas, pero no esencializarlos
No se trata de negar cínicamente nuestros problemas estructurales como sociedad. Se trata fundamentalmente de no convertirlos en esencia identitaria. La sociología contemporánea y la psicología cognitiva muestran consistentemente que los esquemas de pensamiento colectivo no cambian sólo con decisiones individuales aisladas.
Por eso se requiere un movimiento cultural consciente y un acuerdo simbólico colectivo que cuestione radicalmente la manera en que nos describimos habitualmente y que proponga activamente una narrativa más justa, más equilibrada y también más exigente con nosotros mismos.
La transformación narrativa que Colombia necesita
La transformación más profunda que necesita Colombia no es únicamente institucional o económica: es narrativa y simbólica en su esencia. Implica que cuando digamos "colombianismo" no estemos nombrando automáticamente un defecto, sino una aspiración colectiva. Que la palabra no evoque resignación fatalista sino orgullo fundamentado. Que la crítica social no sea sinónimo de autodesprecio, sino punto de partida constructivo para la mejora continua.
Porque la identidad nacional no es un destino fijo e inmutable. Es una historia que elegimos repetir día tras día, conversación tras conversación, gesto tras gesto. Y los relatos, cuando cambian conscientemente, transforman también radicalmente el universo de lo que creemos posible como sociedad.