Amor renace en La Habana tras 37 años de exilio y silencio
Amor renace en La Habana tras 37 años de silencio

Un amor de juventud sobrevive al exilio, la distancia y 37 años de silencio para renacer en La Habana, entre el deseo intacto, la memoria cubana y los prejuicios que aún persiguen a Olga. Siga las noticias de Vanguardia en Google Discover.

El inicio de una historia

Olga sintió que un reflujo subía desde su estómago por la garganta hasta llegar a su boca para transformarse en sabor a sangre. Quería gritarle que sí, que era una puta. Antes de este, ya otros tres guardas de seguridad con síndrome de espías la habían encarado para pedirle sus documentos y hacerle las mismas preguntas.

Tenían 18 y 21 cuando el calendario pegado en la pared era de 1986, cuando el temor podía más que la pasión y en el pueblito cubano de Guanajay, provincia de Artemisa, la diosa griega hija de Zeus cuidaba la virginidad de estos dos enamorados. Olga y Juan aprendieron a amarse en su pueblo, soñaron con un para siempre y vidas de novela como las que ella esperaba un día escribir; pero los sueños terminan con los ojos abiertos y la mirada de Olga se posó bien lejos.

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—Juan, me voy para Rusia, lo tengo decidido.

—Será para la URSS.

—Es lo mismo, el caso es que me voy.

—¿Qué tienes que buscar por allá tan lejos Olga?

—Mi futuro, ser profesional, estudiar lo que quiero.

—¿Y nuestro futuro, ese dónde queda?

—No sé chico, no sé.

Los ruegos de Juan no fueron suficientes, Olga había tomado una decisión y no la cambiaría por ninguna razón. Con la vitalidad de sus 18 años se iría al otro lado del mundo. Aprovecharía la beca que se había ganado y estudiaría geodesia marina. Lo amaba, pero de amor no se come y ella quería ser una gran profesional y no depender de nadie. Le dolió verlo llorar, él la veía muy fuerte, pero a solas también dejó que las lágrimas fluyeran. No le dijo que la esperara, ¿para qué? Sería como condenarlo a una fidelidad obligada.

Los caminos separados

La geodesia marina se extendió hasta una maestría en geodesia aplicada. De regreso, Olga ya no volvió a Guanajay, se quedó en La Habana. Mientras Olga mapeaba el fondo marino cubano, el periodo especial llenaba de hambre y desesperación a un pueblo cada vez más bloqueado. En una balsa construida con sus manos, Juan navegó en 1994 hasta La Florida, dejando hijos y mujer en Cuba mientras remaba regando pétalos de sal sin voltear la mirada hacia la isla de sus amores.

Los dos hijos que quería tener con Juan, Olga los tuvo con otro amor, uno de esos que no están para eternidades ni en este ni en otro mundo, que dejan retoños a la par que dolores. En la prosperidad que se escribe en spanglish también se acaban amores, aunque hayan logrado navegar cientos de millas para reencontrarse. Así el amor de Juan con la madre de sus hijos también resultó efímero.

El reencuentro después de 37 años

Tuvieron que pasar 37 años, que llegara internet a Cuba y que los cubanos pudieran usarlo, que los dos estuvieran separados, que no dejaran de soñar con volver a ser felices, que la mamá de Olga se enfermara para que ella volviera a su pueblo, que una sobrina de Juan conociera a Olga, que Juan recibiera una llamada de su sobrina contándole que ella había regresado al pueblo, que Juan sintiera y se decidiera a contactarla; que los mensajes que Juan le escribía a Olga desde el Facebook de su sobrina, por fin fueran leídos por Olga.

El 27 de diciembre de 2023 se dio la última luna llena de ese año, Olga no lo sabía y Juan mucho menos. Tampoco sabían que Oshun ya lo había decidido y que este encuentro sería inevitable. Por eso cuando Olga vio a Juan no lo vio de 59 años, sino de 21 y para Juan, Olga seguía siendo la misma doncella como si 37 años no hubieran pasado. Ella no reparó en la camioneta último modelo ni en su vestimenta de turista en La Habana, solo se perdió en la profundidad de su mirada para dejarse llevar por el susurro de su voz serena.

—Súbete, mujer.

—¿Para dónde vamos, chico?

—Para el Hotel Nacional, a pasar la noche.

—Eso cuesta un dineral.

—¿Acaso mereces menos?

No hacían falta más preguntas, los años separados no lograron apagar el deseo y las ansias de los días añejos. Por fin fueron uno como jamás lo habían sido y se juraron amor eterno ahora sí para esta y otra vida.

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Los prejuicios persisten

Mientras él intenta que alguien le aclare cómo usar sus dólares en este lugar en el que todos los quieren, pero el sistema no facilita que puedan ser usados, ella camina por los corredores de este emblemático hotel en el que hasta ayer siquiera soñó que podía llegar a hospedarse y mucho menos para revivir esta historia de amor que la hace sentir como una reina. Ya tres guardas de seguridad le han pedido sus documentos y le han hecho las mismas preguntas.

—¿Es usted huésped del hotel?

—Sí, me estoy hospedando hoy acá.

—¿A qué se dedica?

Quería gritarle que sí, que era una puta, que un turista la había contratado para que pasaran la noche; estuvo a punto de decírselo; pero Juan apareció.

—¿Algún problema con mi novia, señor?

—No, amigo, solo le hacía unas preguntas de rutina.

El hombre de seguridad le devolvió los documentos a Olga y ella se alejó un par de pasos sintiendo la protección del abrazo de su amado. Se detuvo y volteó la mirada hacia el guarda que hasta hacía unos cuantos segundos la interrogaba.

—Chico, olvidé responderte la última pregunta.

—No hace falta.

—De todos modos, para evitar confusiones. Soy profesional en geodesia marina, con maestría en geodesia aplicada. Pero ahora me dedico a ser feliz con el amor de mi vida, a escribir poemas, contar cuentos y escribir novelas que publican como si otra las escribiera.

Reflexiones en el Hotel Nacional

En la tranquilidad que brinda la habitación del hotel más famoso de La Habana, Olga y Juan aprovechan los momentos de reposo que la pasión exige, para reflexionar sobre la ironía evidente. A él que se fue cuando decidió no aguantar más hambre y entendió que la revolución no le llenaría su estómago, ahora lo reciben con alfombra roja por traer billetes verdes en su cartera. A ella, que se quedó cuando muchos huían, que creyó y apoyó una utopía, sus paisanos con delirio de espías insisten en verla como si alguna vez le hubiera puesto precio a su cuerpo.

La noche es corta, en esta Habana ensoñadora que ahora es testigo del amor que renace, o jamás llegó a morirse. En el smartphone de Juan suena un vallenato colombiano, “Volver” de Los Inquietos.