La alianza artística que transformó Roma y Europa
El mismo día de su elección como pontífice, Urbano VIII hizo llamar inmediatamente a su escultor predilecto: el joven genio Gian Lorenzo Bernini. Esta decisión instantánea marcó el inicio de una colaboración que terminaría por definir el movimiento barroco en Europa, creando obras cargadas de un dramatismo sin precedentes que ahora, cuatro siglos después, se exhiben en el majestuoso palacio romano de la dinastía Barberini.
Una amistad que cambió el destino del arte
"Fue una alianza y una amistad de una importancia extraordinaria para el destino de las artes de Roma y de toda Europa, porque Urbano VIII fue el primero en comprender completamente el potencial ilimitado de Bernini", explicó con énfasis el historiador y comisario artístico Andrea Bacchi durante la presentación de la exposición.
La Galería Nacional de Arte Antiguo, ubicada precisamente en el palacio de la familia Barberini, acoge desde este jueves una muestra exhaustiva que explora la relación profunda entre el genio de la escultura y su principal mecenas, el cardenal Maffeo Barberini, quien posteriormente se convertiría en Urbano VIII.
Doble celebración: arte y fe
La exposición cumple un doble propósito fundamental:
- Documentar la colaboración artística entre Bernini y el papa Barberini
- Celebrar el cuarto centenario de la consagración de la Basílica de San Pedro del Vaticano
Este último fue el proyecto monumental que unió irrevocablemente los destinos de ambos personajes en la historia del arte universal. El Barroco estalló en Roma a principios del siglo XVII como respuesta directa al deseo de la Iglesia Católica de revelar su grandeza y poderío tras el desafío planteado por la Reforma protestante.
"El arte a la luz de la Contrarreforma debía ser inmenso, dinámico y absolutamente triunfal", señaló Bacchi, añadiendo que "Bernini resultó estratégico al ayudar al papa en esta misión de grandiosidad visual y espiritual".
De aprendiz a maestro del Barroco
La muestra comienza explorando los orígenes del artista junto a su padre, Pietro Bernini, para luego observar detenidamente su emancipación artística al servicio exclusivo de su benefactor, Maffeo Barberini. La relación entre ambos ya había sido extraordinariamente prolífica durante los años del cardenalato, como lo demuestra magistralmente la estatua de 'San Sebastián' que Bernini esculpió en 1617 específicamente para su protector.
Esta obra maestra, prestada para la ocasión por el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, presenta al mártir en mármol blanco que parece brillar con luz propia en las salas del museo romano: retorcido en una pose dramática, con expresión extasiada, apoyado sobre el árbol de su martirio y asaetado por orden imperial.
"La estatua posee una carnalidad y una sensualidad completamente desconocidas para su época", analizó el comisario, "pero también busca implicar emocionalmente al espectador, una característica fundamental que definiría todo el arte barroco posterior".
El día que todo cambió
La relación entre artista y mecenas se transformó radicalmente el 6 de agosto de 1623, cuando aquel cardenal humanista ascendió al trono de Pedro como papa Urbano VIII. Las crónicas históricas aseguran que, ese mismo día memorable, hizo llamar urgentemente a su artista predilecto para asegurarle personalmente su voluntad inquebrantable de seguir colaborando estrechamente.
El fruto más inmediato de este compromiso renovado fue la implicación directa del joven Bernini, con apenas 25 años, en la decoración y los últimos detalles de la Basílica de San Pedro, epicentro mundial del catolicismo, que había sido completamente derruida y reconstruida un siglo antes por orden del papa Julio II.
Obras que definieron una era
La exposición presenta numerosos testimonios de esta colaboración histórica:
- Los bocetos originales del artista para la construcción del enorme baldaquino de bronce que se yergue sobre la sepultura del apóstol Pedro
- Diseños para el relicario que custodia la cátedra petrina
- Proyectos para el monumento fúnebre del pontífice
- Nueve bustos que Bernini realizó de su mecenas a lo largo de veinte años
Estos últimos retratos, esculpidos en mármol y bronce, colocados ahora juntos en secuencia cronológica, parecen revelar el paso inexorable del tiempo en las facciones del modelo papal, creando un testimonio visual conmovedor de una relación que duró décadas.
Legado perdurable
La mano maestra de Bernini en la basílica vaticana levantaría posteriormente la enorme columnata de piedra que rodea la plaza de San Pedro y esculpiría la imponente estatua de San Longinos, entre muchas otras joyas artísticas. El 18 de noviembre de 1626, hace exactamente cuatrocientos años, Urbano VIII daba por concluida oficialmente la reforma del templo con una bendición solemne, documentada en un códex que se exhibe ahora en Roma, prestado por el Archivo y Biblioteca Capitulares de Toledo.
Urbano VIII fallecería en 1644, recordado principalmente por su influjo artístico transformador, aunque también criticado históricamente por sus excesos con las ruinas de la Roma Imperial. La famosa frase "Aquello que no hicieron los bárbaros, lo hicieron los Barberini" sigue siendo frecuente en el lenguaje coloquial de los romanos modernos.
Pero a Bernini todavía le aguardaba una larga y prolífica carrera en la Ciudad Eterna, que nunca abandonaría y donde dejó numerosas obras maestras que pueden disfrutarse con un simple paseo: desde la majestuosa Fuente de los Cuatro Ríos (1651) en la Plaza Navona hasta el conmovedor 'Éxtasis de Santa Teresa' (1652) en la Capilla Cornaro, ubicada a pocos pasos de esta misma exposición que ahora celebra su legado inmortal.