Héctor Abad Faciolince reflexiona sobre la dignidad de perder en política y vida
Abad Faciolince: la dignidad de perder en política y vida

La dignidad oculta en la derrota: una reflexión urgente de Héctor Abad Faciolince

Así como resulta incomprensible que en el español de España la palabra envidiable funcione como elogio ("tu coche es envidiable, tío", como si fuera positivo sentir envidia), del mismo modo me parece irritante, incluso insoportable, que en el inglés estadounidense el término loser (perdedor) constituya un insulto. ¿Acaso perder convierte a alguien en imbécil o pánfilo? Más aún: ¿si yo no me ajusto a tus conceptos de éxito y triunfo, si no me dedico a humillar o acumular dinero, automáticamente soy un fracasado?

La cultura tóxica del triunfo perpetuo

No joda, es esa obsesión por vencer a cualquier precio, pisoteando todo a su paso, despreciando o eliminando a quien el ganador perpetuo considere necesario, lo que nos ha entregado en manos de figuras como Putin o Trump. En manos de individuos que siempre ganan, y al hacerlo demuestran precisamente que hacen trampa. Esta reflexión adquiere especial relevancia ahora que todos mis amigos perdieron en las elecciones del domingo pasado, ahora que una derrota más se suma a las antiguas derrotas de toda la vida.

Panfilia: un país olvidado bajo los escombros del tiempo

Quisiera evocar una región y una ciudad sepultadas bajo los escombros del olvido. De ella me habló hace tiempo, en Barcelona, un amigo caminante de las montañas de los Pirineos (uno que no camina para llegar primero, sino porque ama caminar), llamado Manel Vila. Me contó que la Panfilia de la antigüedad era un país excepcional en todos los aspectos.

Para comenzar, como sugiere la etimología de su nombre (Pan-phylia significa "de todos los pueblos o de todas las razas"), en Panfilia se hablaban múltiples lenguas, poseían ese don especial. Como convivían pacíficamente personas de orígenes tan diversos, eran los menos propensos a tomar partido por un pueblo u otro. Por ello, en lugar de dedicarse a guerras de conquista, opresión, invasiones o saqueos, intentaban llevarse bien con todos.

Y como se empeñaban en no pelear con nadie, a los demás les parecían bobos, razón por la cual, con el tiempo, la palabra pánfilo se convirtió también, injustamente, en un insulto.

Perder no es insultante: es humano

Perder no es insultante; perder no significa que no nos esforzamos; perder es lo normal, o debería serlo, mientras que ganar constituye una excepción que frecuentemente depende más de la suerte que del verdadero mérito. Otra expresión reciente que encuentro chocante y desacertada es esa de "yo me merezco" (esta casa, este viaje o este puesto). Por mucho que uno haga lo posible, no se merece nada.

"Ese es muy merecido", se decía en mi casa durante mi infancia, refiriéndose a gente creída y aprovechada, más convencida que nadie de que debían ser los primeros en servirse, en pasar, en escoger el mejor puesto. Los merecidos son insoportables.

La poesía de la derrota

"Perder es cuestión de método", reza el hermoso título de una dura novela colombiana. Y los buenos poetas (que suelen ser, afortunadamente, losers o perdedores) lo han sabido desde hace muchos años. Agustín García Calvo, otro olvidado, nos dice: "Enorgullécete de tu fracaso / que sugiere lo limpio de la empresa". O Jaime Gil de Biedma, bellamente: "Si este mar de proyectos / y tentativas naufragadas, / este torpe tapiz a cada instante / tejido y destejido, / esta guerra perdida, / nuestra vida, / da de sí alguna vez / un sentimiento digno / un acto verdadero...".

Si esto llega a ocurrir será, repito, por algo de esfuerzo y otro poco de suerte o casualidad. Por eso me gusta recordar que cuando Carlos Gaviria, otro perdedor, perdió no recuerdo con quién las elecciones, tuvo la excelente idea de citar a Borges: "La derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce". Porque si es cierto que "nadie es más que nadie", como afirma el viejo dicho castellano, más importante que saber ganar es saber perder. Y no existe victoria más sucia ni más fea que celebrar el triunfo insultando al que pierde.

Fracasar con entusiasmo: la misión verdadera

Quizá por eso una de las sentencias que más me repito sea esta de Stevenson: "Nuestra misión en la vida no es triunfar, sino seguir fracasando con entusiasmo y alegría". En un mundo obsesionado con el éxito inmediato y el reconocimiento constante, estas palabras resuenan como un antídoto necesario contra la arrogancia del triunfo fácil y la deshumanización del perdedor.