En un reciente editorial en video, se aborda una preocupante tendencia en la política colombiana: la estrategia de algunos sectores que, en su afán por llegar al poder, parecen dispuestos a destruir el país antes de siquiera asumir el gobierno. Esta práctica, lejos de ser una novedad, ha sido recurrente en la historia reciente, pero sus consecuencias son cada vez más graves para la estabilidad democrática y el bienestar de los ciudadanos.
La estrategia de la destrucción
La idea central del editorial es que ciertos actores políticos, al no encontrar una vía legítima para acceder al poder, optan por deslegitimar las instituciones, fomentar la polarización y generar caos social. El objetivo es crear un ambiente de ingobernabilidad que justifique un cambio radical de régimen o, en el peor de los casos, una intervención externa. Sin embargo, esta táctica no solo es peligrosa, sino que también es contraproducente, ya que debilita el tejido social y económico del país.
Ejemplos recientes
El editorial menciona casos concretos donde se ha visto esta dinámica. Por ejemplo, durante las pasadas elecciones, algunos candidatos promovieron discursos de odio y desinformación, sembrando dudas sobre la transparencia del proceso electoral. Asimismo, se han registrado intentos de bloquear la acción del gobierno legítimo mediante protestas violentas y obstrucción legislativa. Estas acciones, aunque presentadas como luchas legítimas, en realidad buscan desestabilizar el sistema para beneficio propio.
Consecuencias para la democracia
Las consecuencias de esta estrategia son múltiples. En primer lugar, se erosiona la confianza en las instituciones democráticas, lo que puede llevar a un descrédito generalizado del sistema político. En segundo lugar, se genera un clima de incertidumbre que ahuyenta la inversión y frena el desarrollo económico. Finalmente, se corre el riesgo de que la violencia política se convierta en la norma, con graves implicaciones para la seguridad ciudadana.
El papel de los medios
Los medios de comunicación tienen una responsabilidad crucial en este escenario. El editorial hace un llamado a los periodistas y a la ciudadanía para que no caigan en la trampa de la polarización y la desinformación. Es necesario promover un debate público basado en hechos y respeto mutuo, y denunciar cualquier intento de manipulación que ponga en riesgo la democracia.
Conclusión
En definitiva, la idea de destruir el país para llegar al poder es una apuesta peligrosa que solo beneficia a quienes la promueven. La sociedad colombiana debe estar alerta y defender sus instituciones democráticas, rechazando cualquier estrategia que busque socavar la gobernabilidad y el bienestar común. Como concluye el editorial, la verdadera política debe construirse sobre el diálogo y el respeto, no sobre la destrucción y el caos.



