Si en 2022 Colombia vivió una experiencia inédita con la llegada de la izquierda al Gobierno, ahora la posible presidencia de Abelardo de la Espriella representa una aventura aún más insólita, incierta y aterradora.
De la Espriella es una enorme incógnita. Lo que sabemos de él oscila entre la caricatura del aspirante, el ateo arrepentido, el bogotano que se cree costeño, el colombiano que presume de italiano y gringo, y el oscuro abogado de la mafia y los paramilitares, defensor de personajes siniestros como Alex Saab y David Murcia. En campaña ha lanzado declaraciones delirantes: destripar a la izquierda, encarcelar a Petro, sacar a Colombia de la ONU y la OEA, derribar aviones sospechosos de narcotráfico y ejecutar sumariamente a agresores de policías.
Si no modera estas posturas, el país enfrentará cuatro años de una máquina de coerción y mano dura sin precedentes en medio siglo: un Estado carcelero, un poder ejecutivo litigioso y vengativo, con cero tolerancia a la crítica. La oposición respondería con estallidos, primeras líneas y zozobra. Se avecina oscuridad, toques de queda y restricción de garantías.
La victoria de De la Espriella parece inevitable, con hasta dos millones de votos de ventaja sobre la izquierda. ¿Cómo llegamos a este punto aterrador? La mayor culpa recae en la izquierda colombiana: desde el presidente Petro hasta las Farc y el ELN, pasando por Iván Cepeda y los seguidores ciegos del petrismo. Todos desperdiciaron la oportunidad histórica de transformar el país, especialmente la forma de hacer política.
El error de la izquierda
Hace dos meses, Petro alcanzó una imagen positiva del 49%. Algunos analistas apelaron a Gramsci para explicar que Petro había logrado una guerra cultural, construyendo una narrativa que reivindicaba a los eternos olvidados. El problema de la campaña de Cepeda fue creer que esa base era sólida y que los ninguneados saldrían a votar. No lo hicieron. Un mal cálculo.
Petro acumuló capital simbólico, pero también generó un fuerte antipetrismo, que ronda los 11 millones. Su discurso divisivo, su desprecio por medio país, y sus incongruencias (racismo, homofobia, machismo) alejaron a muchos. Además, no hubo un partido que contuviera al presidente; la intelectualidad aplaudió y minimizó errores, dinamitando puentes con el centro político. Las guerrillas, en lugar de apoyar el cambio, enconaron el conflicto.
Sin todo esto, la candidatura de De la Espriella sería un chiste. Pero la izquierda le allanó el camino.



