El pequeño Ahmed sintió frío en el camino hacia la escuela. Pensó en regresar por el jersey que su madre le había indicado, pero se dijo: "Si lo hago, me retrasaré" y continuó. Corría y saltaba para combatir el intenso frío del desierto. Al llegar a la entrada de la escuela, vio a un hombre descender de un Land-Rover. Se acercó con curiosidad. El hombre le sonrió y le tendió la mano: —Hola, pequeño. Ahmed, tímido, bajó la cabeza y extendió la suya, notando que era un extranjero. —Hola, pequeño. Ante la insistencia, el niño levantó la cabeza: —¡Hola! ¿Cómo te llamas? El hombre se quedó petrificado y apenas pudo decir: —Pero ¡qué oigo! ¿Cómo dices, pequeño? Yo no te he oído, repite. —¡Hola! ¿Cómo te llamas? —¡Bravo! —exclamó el hombre— ¡Qué majo! ¡Eres muy inteligente! Yo me llamo José Alonso y soy de España. Se emocionó al oír español en boca de un niño de ocho años en pleno desierto africano. —Pero, dime muchacho: ¿De dónde sacas esas palabras? Ahmed no comprendió. —Por lo menos dime cómo te llamas. —Yo me llamo Ahmed. —¿Y cómo se llama tu maestro de español? —Mi maestro se llama Ali. Impaciente, Ahmed miró hacia la escuela; la bandera ya estaba izada y temía llegar tarde. Pero José Alonso insistió: —Ahmed, espera, no te vayas. Toma, pequeño. Ahmed recibió un extraño trozo de goma verde. —¿Qué es esto? José Alonso, ante su sorpresa, infló la goma hasta convertirla en una pelota gigante. Los ojos de Ahmed se abrieron enormes. —Ahmed, esto es un globo, se llama glo-bo y es para ti. Ahmed cogió el globo repitiendo para sí "globo, globo, globo". Se dirigió a la escuela. El patio estaba vacío. Esperó a que el director entrara a su despacho para entrar inadvertido. El maestro Ali ya había escrito la fecha en la pizarra. Ahmed ocultaba el globo bajo su ropa, pero sus compañeros notaron el bulto. Pronto surgió el enigma: ¿Qué llevaba Ahmed? Said, su amigo, dijo: —Ahmed debe llevar una carpeta. —Tonto —lo recriminó Houria— ¿dónde has visto una carpeta tan redonda? —Es que Ahmed se excedió con las lentejas y se ha hinchado —bromeó Moulud. —Me parece que Ahmed está embarazado —añadió Salek. Todos rieron. El maestro ordenó silencio, pero el murmullo creció, obligándolo a reprender a Ahmed. —Ahmed, ¿acabas de llegar? Y viendo el bulto, preguntó: —¿Qué es lo que llevas ahí? —Es un globo, maestro. Sorprendido, el maestro arqueó las cejas: —Pero ¿dónde aprendiste esa palabra si aún no hemos dado la letra G? —Me lo enseñó un extranjero que encontré antes de la escuela. —Ah, ya. Mira Ahmed, no debes retrasarte por nada. Anda, siéntate, pero ten cuidado, que el globo puede reventar y su ruido es molesto. —Sí, maestro. Ahmed pasó toda la clase pensando en el globo, acariciándolo de vez en cuando. Al terminar la clase de español, los alumnos salieron al patio. Ahmed invitó a sus amigos a jugar con el globo. Lo pasaban de mano en mano, lo dejaban flotar y se abalanzaban sobre él. De repente, una ráfaga de viento lo elevó fuera de su alcance. Corrieron tras él, pero el globo desapareció tras las nubes blancas. El rostro de Ahmed se contrajo: —He perdido mi globo verde. Sus compañeros se dispersaron a otros juegos. Ahmed se quedó solo, viéndolos corretear con una pelota de trapo. Su deseo de recuperar ese trozo de goma que ya era parte de su vida se intensificaba. "Pero está allí, detrás de esas nubes", pensaba. La actitud de los otros niños le irritó hasta que las lágrimas calientes surcaron sus mejillas. Su maestro, que cruzaba el patio, se acercó: —Ahmed, ¿qué haces? ¿Qué te pasa? —Maestro, perdí mi... globo... verde. —Ya ves, te lo advertí. ¿Ahora qué? Aquí no hay globos. Bueno, no te pongas así, olvídalo. Cuando volvamos a El Aaiún tendrás muchos globos. Anda, sé un hombre valiente y olvídalo. Por la tarde, sonó el silbato final. Ahmed regresó a la jaima sin hablar con nadie. Tiró la carpeta y se lanzó al suelo, pataleando. Su madre, que salía, le preguntó qué pasaba. A duras penas entendió. Intentó consolarlo, pero en vano. Ella dijo: —Hijo, no debes ponerte así, es la guerra. En la guerra todo escasea y se pierde. ¿Acaso no hemos perdido hombres valientes? Mira, cuando volvamos a casa, tendrás todos los globos que quieras. En El Aaiún nunca hace frío ni calor, y en nuestra casa hay un patio grande. Allí podrás jugar con globos y otros juguetes. Olvida todo y estudia, hijo mío. Te prometo que cuando tu padre y los combatientes liberen nuestro país de los invasores marroquíes, tendrás todo. Ahmed seguía sollozando, obsesionado con el globo. —Yo solo quiero mi globo verde. La madre, afectada, murmuró: —Ay, hijo, cuántas cosas nos faltan, cuántas deseamos y siendo nuestras, nos han privado de ellas. Estas palabras calmaron al pequeño. Ahmed se acostó, pero tardó en dormir. Repasó el día: desde la llegada del español hasta las palabras de su madre. Solo entrada la madrugada durmió y soñó con el globo. Estaba en clase con el globo verde en sus manos. El maestro Ali escribía en la pizarra. De repente, un estampido interrumpió la calma. Compañeros salieron corriendo o se agacharon. Ahmed se acurrucó bajo el pupitre. El maestro rió: —No tengáis miedo. El estallido no es de una bomba, es el globo de Ahmed que reventó. Ahmed despertó sobresaltado. Los latidos de su corazón rompían el silencio. Fue donde su madre: —¡Mamá, mamá! Soñé que mi globo verde reventaba. Ella lo calmó: —Duerme, todo ha sido un sueño. —Pero mamá, no quiero que se rompa. No pudo dormir de nuevo. La imagen de la clase alarmada persistía. Solo al alba concilió el sueño. Soñó que el globo verde lo visitaba. Despertó y le sonrió, pero al alargar la mano, el globo retrocedió: —No me toques, Ahmed. Yo te quiero, pero no me toques. En tu jaima hace frío y calor, soplan vendavales y el siroco enloquece. No puedo vivir aquí. Vendré cuando vuelvas a tu otra casa. Te lo prometo. Vendré con muchos globos. Ahora, cuando venga el viento, me iré lejos. Estaré esperando tu retorno. No llores; solo lloran los frustrados, y en las lágrimas no hay esperanza. —¡Ahmed, despierta! ¿No ves que se te hizo tarde? Ahmed despertó con una mezcla de tristeza y esperanza.

